La colonia pitagórica

Una mañana, mientras Pitágoras revelaba algunos secretos a sus seguidores, apareció, en la ventana de su Escuela de Crotona, una gata persa. Inmóvil y serena, permaneció escuchándole sin lamerse siquiera una pata. Terminada la lección, el Maestro preguntó a sus matematikoi sobre la procedencia del exótico animal, que ya seguía sus movimientos como el propagar de un fuego. Dado lo insólito y místico de la aparición, llamaron a la felina Mónada, la esencia de todo.

Boquiabiertos se quedaron los habitantes de la comuna cuando, de la noche a la mañana, un segundo ejemplar de idénticas características surgió en los jardines. Siguiendo la teoría del cosmos, creyeron que la una había generado espontáneamente a la otra, nombrándola Díada, ser terrenal dividido. El arrobo entre los seguidores aún crecería ante la incorporación de un tercer felino: Tríada. La Escuela tenía la corporización del triángulo de la perfección. 

Una noche de luna llena, la congregación se desveló por los maullidos que rompían el silencio de la bóveda estrellada. Ignorantes de qué había sucedido, durante dos meses, comprobaron que Mónada y Díada dejarían de buscar ratas y jugar, para reposar bajo los árboles. Después, se desataría la armonía universal. «La naturaleza y todo lo que en ella hay, nace de los números», decía Pitágoras. «El 1 es el generador, que al repetirse da lugar al 2. De la unión de ambos surgen los demás». 7 nuevas crías vinieron al mundo, confirmando la perfección numérica del 10: el tetraklys.

Pero “el principio solo es la mitad de todo”. En un año, más de cincuenta gatos compartían la austeridad, el espacio y el tiempo de los pitagóricos. El Maestro, intuyendo que tenían una colonia, decidió cuidarla, alimentarla y tratar de evitar que se reprodujese masivamente. De lo contrario, no habría alimentos, salud y bienestar para todos: era una cuestión de números.