La distopía que hemos sido

Los restos caninos de nuestra alma

Uno de los aspectos más inquietantes del Holocausto, entendido como la organización racional industrial del asesinato de seres humanos, y lo que tal vez lo hace único en lo que Jorge Luis Borges denominó “La historia universal de la infamia” es que no ha de entenderse tanto en clave de monstruosidad del ayer sino de siniestra perspectiva del mañana. La propia mecánica del crimen, buscando hacer desaparecer en tiempo récord millones de cuerpos, el secretismo a ultranza con el que se llevó a cabo la masacre y la destrucción masiva de las instalaciones genocidas al final de la guerra hizo que algún especialista denominase al acontecimiento como “un terremoto que casi acabó con todos los sismógrafos”. Y, sin embargo, a partir de ese “casi” se frustró la voluntad nacionalsocialista de perpetrar el crimen perfecto. Hoy, cuando las lecturas humanas del Holocausto parecen olvidadas… cuando campan a sus anchas movimientos que relativizan la importancia de lo ocurrido o cuando el Estado que se siente heredero de ese dolor parece dispuesto a generar un dolor análogo… creemos que la aparición de La Zona de Interés marca un formidable punto de inflexión en la reflexión estética sobre aquellos hechos inefables.

La familia de Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, y otras familias de mandos nazis al servicio del campo llevan una experiencia burguesa, en modernas casas – muy parecidas a las nuestras – y se pasan el día cultivando el jardín, hablando de flores, preocupados por las vacaciones, bañándose en la piscina o cuidando a los niños, mientras los muros del exterminio, los sonidos de los disparos, de los trenes que llegan con deportados, las multitudes que bajan en la siniestra “rampa” y el humo y las cenizas de los crematorios, que trabajan día y noche, no dejan de impregnarlo todo sin descanso. El fresco pintado por Jonathan Glazer, a partir del relato de Martin Amis, con la formidable actuación de una Sandra Hüller en estado de gracia, no habla en cambio del pasado, sino del presente y, sobre todo, del futuro. Nos encontramos en ese abyecto camino distópico, en el que un ser humano despojado de humanidad, como Hedwig, la mujer de Höss, se aferra al bienestar de la vida, pared con pared con el infierno. En esa siniestra ubicación, sólo puede vivirse cuando todos los valores que las personas nos hemos dado, aprendiendo poco a poco, tras siglos de sufrimiento, han caducado y ya no sirven.

En medio de la muelle vida de la familia Höss, no obstante, hay una figura no humana, inquieta, que corretea sin descanso, nerviosa, que trata de disfrutar con sus amos humanos todo el tiempo, pero, a cada momento, se asusta por lo que oye y las personas no parecen oír, huye, vuelve y siente un miedo que la lleva a estar siempre en busca de compañía, en una atmósfera que no entiende. Se trata de una perrita negra, propiedad de los Höss, que parecería la encarnación de nuestra alma, en un mundo donde el comportamiento racional ha claudicado. La inocencia de la perrita, omnipresente en la historia es el único rayo de esperanza en un mundo tenebroso, que nos enseña la dolorosa lección de la distopía que hemos sido y a la que parecemos abocados.

No aprender esta lección, vivir de espaldas al dolor humano, a la injusticia y al genocidio, va camino de convertirnos, si no lo ha hecho ya en los habitantes de esas bonitas casitas junto al abismo.

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