Nómadas reinterpretando la iconografía cristiana
Malabaristas, clowns, prestidigitadores. Trapecistas, funambulistas y todo el catálogo de seres humanos incluidos bajo el término freak. Militantes de la farándula, amantes de la libertad y defensores de la alteridad, configuran una comunidad nómada aún vigente en nuestros tiempos: la circense. Una comunidad que, durante decenios, empleó a los animales como atractivo exótico para el disfrute del espectador, domándolos, occidentalizándolos, humanizándolos, entendiéndolos desde una ancestral relación simbiótica.
En el tenebroso Los saltimbanquis, Gustave Doré (1832-1883), además de resaltar el desamparo que sufren los desarraigados y criticar la precariedad de los artistas, recoge esa interdependencia entre seres sintientes para ofrecernos la conmoción colectiva de una familia ante la tragedia de una muerte. Y para hacerlo, se sirve de la iconografía cristiana clásica usada desde el Renacimiento hasta el Barroco. La acróbata –manto azul y corona– mantiene el cuerpo inerte de su hijo –herido mortalmente en la cabeza y con brillantes ropajes blancos– en una clara alusión a la Virgen con el niño Jesús. El padre-payaso –de rojo y apartado en un segundo sufriente plano– representa al San José que completa la “Piedad” clásica. La simbología cristiana de la muerte se laiciza en el búho –icono del mal agüero– que mira al espectador y en el as de espadas dispuesto a los pies de la afligida acróbata-María. Finalmente, dos canes (un buldog y un bichón), como dos ángeles que velan por la tríada de humanos, parecen compartir el duelo de estos.
Cuando Doré presentó Los Saltimbanquis allá por el 1874, afirmó que lo que pretendía era mostrar el “despertar tardío del corazón de unos padres” que, explotando a su hijo para poder sobrevivir, acaban por perderlo para siempre. Tal vez el observador contemporáneo pueda ver en las expresiones de los canes una dolorosa empatía, pero también un presumible temor. El miedo de que podrían haber sido ellos mismos víctimas de tan fatal destino, pero también el de quien, por un momento, suspende la fidelidad absoluta hacia sus humanos para preguntarse ¿también nosotros estamos siendo explotados? Tomada así, la obra del francés duplica su valor narrativo a la vez que reabre un debate: el de la instrumentalización de otros seres en los circos (y en la vida).
Hoy son muchos los Estados –desde la pionera Bolivia en 2009– que han prohibido la explotación de todo tipo de animales –salvajes o no– en las arenas circenses. Pero no todos. Desde Chile a Argentina, y hasta decenas de Estados Norteamericanos, pasando por países africanos, asiáticos y de Europa del Este, todavía ofrecen shows que violan sus derechos. Cabe preguntarse si, como el niño-saltimbanqui-Jesús, estamos dispuestos a que perezcan en un “accidente laboral”. También si estamos dispuestos a retroalimentar este tipo de “espectáculos”. Y, más allá, hasta podemos cuestionarnos si es posible volver a aquel estadio donde la relación simbiótica humano-animal era, además, sinérgica. Las respuestas a estas preguntas puede que haga que “el despertar de nuestro corazón” hacia otros seres sintientes no sea tardío.


