«La lucha misma hacia las cumbres basta para llenar el corazón de un hombre»
«La bocanada de humo que sale de mi boca asciende nublándome la mirada, apropiándose de la estancia, impregnándolo todo. Trato de fijar la vista más allá del fondo de una voluta y no veo la claridad que todo humano ansía ver en su vida; esa luz llamada felicidad que perseguimos y nunca alcanzamos. Apago el Gauloises contra el cenicero repleto de otros cadáveres homónimos y, tras la grisácea columna vaporosa, se hace presente la silueta del negruzco cuerpo de Cigarette. Subido en el escritorio, fija mis frases descartadas en forma de un gurruño de papel y, con movimientos elásticos, se aproxima a él para, de un zarpazo, tirarlo al suelo. Mientras me enciendo otro cigarrillo, el gato ya ha saltado al suelo y mueve la bola como un jugador de fútbol avezado. Después, tal que un cancerbero profesional, consigue hacer presa con ambas patas delanteras, se impulsa sobre las traseras y, de nuevo, aparece sobre el escritorio dejando el gurruño de mis descartes sobre la mesa. Tengo un apego muy fiel a los perros, me gustan porque siempre perdonan[1]; pero hay en los gatos una expresión de una rebeldía que no logro describir. Antes de que pueda tirar la ceniza en el cenicero, Cigarette ya ha hecho caer la bola al suelo».
«Como Sísifo condenado a empujar una roca eternamente colina arriba solo para verla caer; el gato se ha pasado media tarde subiendo el gurruño de mis descartes al escritorio. Parece absurdo, pero cada vez que volvía a tirarlo al suelo, había en su gesto una expresión de conmovedora satisfacción. ¿Y si esto le hace feliz?, me pregunté. Y, de ser así, ¿Sísifo también fue feliz? ¿Y si la felicidad no naciese de esa búsqueda constante y fútil de metas inalcanzables y pasase por la radical aceptación de lo que acontece? Entonces el mundo, la vida y, en fin, la existencia, se me rebelaron como un gran absurdo sin sentido alguno. Inútil correr en busca de la felicidad pues es ella la que nos va a alcanzar. Y lo hará siempre que aceptemos que el universo es indiferente, que todo carece de significado, que abracemos la idea de que es en la caída -y no en la cima- cuando podemos contemplar lo alcanzado. Como Sísifo feliz yendo a buscar su roca para empezar de nuevo, o Cigarette observando el gurruño de mis descartes cayendo al suelo desde el escritorio».
«El gato reposa en el alféizar de la ventana. Se ha tumbado, satisfecho, tras una jornada tan vacía y feliz como todas (La felicidad y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra: son inseparables). Enciendo un Gauloises y el humo que sale de mi boca asciende nublándome la mirada. Trato de fijar la vista más allá del vientre de una voluta y veo la claridad. La felicidad está en la aceptación de que nada tiene sentido y eso nos da libertad. Esa es la verdadera rebelión posible que enseñan los gatos: la de ser libre incluso en el absurdo».

[1] Extraído de su obra, La caída

