Henriëtte Ronner-Knip, una mujer estoica, tenaz y versátil

Pintando perros y gatos para poder vivir

Aceptar lo inevitable y enfocarse en lo propio. Así se podría resumir la postura estoica ante la vida. O en palabras del propio Epicteto (55-135), fundador de dicha escuela de pensamiento, «No importa lo que te ocurre, sino cómo respondes a lo que te ocurre». Y lo que le ocurrió a Henriëtte Ronner-Knip (1821-1909) fue que tuvo que mantener a dos familias. Y el cómo respondió a ello fue haciendo uso de su habilidad con los pinceles. Pintó para vivir.

Hija única de un matrimonio de artistas plásticos, Henriëtte hubo de aceptar la inevitable separación de sus progenitores, las segundas nupcias de su padre y la irreversible y progresiva ceguera que impidió que este último siguiese trabajando. Enfocarse en mantenerle a él y a su ociosa madrastra, fue la determinación que tomó ante tamaño capricho del destino. Así, con 17 años, Henriëtte produce y vende obras costumbristas -primero en acuarela, después en óleo-, de un marcado realismo detallista, con pincelada suelta y empleando los colores cálidos típicos del estilo romántico. Pronto, y hasta 1947, manadas de perros y otros animales se colarán en sus paisajes, siendo reconocida por la Sociëtait Arti et Amicitiae de los Países Bajos como la primera mujer miembro del selecto club. El virtuosismo y la sensibilidad con la que plasmaba los canes, le condujo a ser la elegida por aristócratas, emperadores y princesas[1], como la candidata idónea para retratar a sus veneradas (por afecto y por ser símbolo de poder) “mascotas”.

Pero entonces le ocurrieron más cosas. Ocurrió que tuvo que aceptar la muerte de su padre (1847) y de la mujer que ejerció como madre (1848); a Feico Ronner como esposo (1850) para lograr una estabilidad vital; y la sorpresa que el destino, de nuevo, le deparó al marido en forma de enfermedad. Atrapada en casa por una sociedad patriarcal que negaba un puesto de trabajo remunerado a la mujer, y sobrecargada con la crianza de sus hijos que, uno a uno (hasta seis), fueron llegando; Henriëtte se enfocó en lo que sí podía hacer: sustituir los paisajes y los perros, por los interiores y los gatos. Es decir; seguir pintando para poder vivir. Comenzará así una prolífica etapa en la que, bajo encargo, la tenaz pintora retratará a decenas de felinos en todas las actitudes, acciones y estados posibles. Son estos gatos domesticados, disciplinadamente “correctos” y con un alarde aburguesado. Felinos todos ellos sometidos a las exigencias del tiempo y del espacio y, por tanto, carentes de libertad total. Como la propia artista.

Aceptar lo inevitable y enfocarse en lo propio. Así se podría resumir la estoica vida de Henriëtte y también la de tantos millones de mujeres a lo largo de la historia hasta nuestros días. Mujeres cuya tenacidad ha servido para sacar adelante familias enteras perpetuando estirpes; pero también la de aquellas que han decidido dedicar sus existencias a cuidar, curar, proteger y salvar a gatos, perros y demás animales no humanos. Mujeres versátiles que, como Henriëtte, han tenido que adaptarse a las circunstancias por pura supervivencia; pero también otras muchas que se han atrevido a romper las condiciones contextuales impuestas, para escoger su propio camino. Mujeres que han tenido que pintar (y hacer todo tipo de labores) casi siempre tras la sombra de un hombre; y mujeres que, por fin, ya se pueden permitir vivir para pintar.

Estamos convencidos de que todas ellas, como Henriëtte, han pintado, pintan y pintarán mucho para hacer que nada tenga que ser inevitable.


[1] Henriëtte Ronner-Knip retrató a los perros del Emperador Guillermo I de Alemania, de la princesa María de Hohenzollern y de la duquesa de Edimburgo, entre otros.

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