Los cazadores en la nieve, de Pieter Bruegel el Viejo

Escena invernal con cazadores y una jauría de perros avanzando por un bosque nevado, con campesinos alrededor de una hoguera, pintura de Pieter Brueghel el Viejo.

Pura etnografía

Es invierno y hace frío. Afuera, la nieve caída sobre las techumbres de las casas se extiende por el paisaje colonizando las picudas montañas hasta donde alcanza la vista. Mientras el resto de vecinos se preocupan por mantener los fuegos vivos, se afanan en sus quehaceres cotidianos o -estúpidamente- se divierten patinando en las congeladas aguas del río; solo yo vislumbro, en lo alto de la colina, la llegada de tres cazadores, exhaustos, acompañados de sus canes y una sola presa: un zorro. Hace frío y soy consciente de que el invierno va a ser largo.

Este es el relato ficticio de un observador ficticio que habita en el interior de Los cazadores en la nieve, pero también la emoción que la pintura transmite a un espectador de la misma. Y es que su autor, el autor Pieter Bruegel el Viejo (1526/30-1569), es reconocible por su magistral capacidad de armonizar seres vivos, paisaje panorámicos y climatología, haciendo uso de las proverbiales enseñanzas flamencas y su inherente humor satírico. Así, los patinadores caídos en el lago, más allá de ser una crítica sobre la incultura del pueblo llano como apuntaron algunos estudiosos, representan la inestabilidad del ser humano. Porque en Bruegel hay una necesidad, casi etnográfica, de retratar a sus semejantes desempeñando tareas cotidianas en toda su crudeza; como si el humano debiese aceptar estoicamente el lugar que le corresponde en la naturaleza. Y esta -la naturaleza- es implacable con aquel.

Paisaje invernal con cazadores regresando con perros hacia un pueblo cubierto de nieve, río helado y figuras patinando al fondo, obra de Pieter Brueghel el Viejo.

Con el humano y con los animales. Tres aves posadas en los árboles y una en pleno vuelo simbolizan la espera ansiosa motivada por la escasez. La misma que tendrán los cazadores ese día al tener que dividir una única presa para tres familias. Y es que basta mirar a la docena de perros que le acompañan para entender la futilidad de la actividad que han emprendido. Estos -huesudos, orejas caídas, hocicos gachos y pelos erizados por el frío- no solo representan la sempiterna lealtad, sino también el sufrimiento ante unas condiciones vitales y climatológicas -las de la Pequeña Edad de Hielo- como las que azotaron la Europa de aquellos tiempos prolongando inviernos y carestías. Y esto no es crítica satírica, sino pura historia etnográfica.

Descubrir y redescubrir las obras de Pieter Bruegel el Viejo (semilla de una larga saga de pintores que llegarán hasta el s.XVIII) es siempre un placer para los sentidos. Así, y aunque no habitemos en el gélido interior de Los cazadores en la nieve, la emoción que la pintura nos transmite como espectadores es la misma: la de la ansiosa espera por la escasez del calor. Porque es invierno y hace frío.

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