Los ojos de Boro

Perro de pelo negro y áspero, sentado en interior sobre suelo de madera, mirando a cámara con expresión alegre y la boca ligeramente abierta

Deshaciendo el estado de espera

Cientos de pares de ojos permanecen abiertos en la noche. En algunos pueden verse restos de adrenalina, silenciosa conmoción e impotencia compartida. Ateridos por la parálisis del shock, otros fijan las humeantes tazas de café que una desconocida llamada Paqui y su marido les ofrecen humildemente. En muchos asoma ese pensamiento vinculado al vocablo “milagro” mezclado con ese otro -indescriptiblemente doloroso- que encierra la palabra “tragedia”. En todos hay lágrimas; algunas en estado de espera.

En la distancia, hay pares de ojos que buscan compulsivamente actualizaciones en sus teléfonos, imágenes de última hora en la televisión, y consuelo, esperanza y alivio en otros pares de ojos con los que se entrecruzan nerviosos en un permanente estado de espera.

Y cerca, muy cerca, aún hay otro par de ojos que brilla en la oscuridad boscosa de Sierra Morena. Lo hace a pesar de las temperaturas bajo cero, con la luz tenue de quien se siente perdido, asustado e indefenso. Con la mirada del que entiende que ha de sobrevivir para volver a cuidar y proteger a quienes lo han protegido lealmente. Por eso Boro, el perro mestizo al que corresponde este par de ojos, no abandona el lugar. Por eso permanece en un impaciente estado de espera.

No hay palabras capaces de expresar lo que cada uno de esos cientos de pares de ojos puedan decir. No hay vocablos inventados que puedan albergar tantas emociones contenidas en ellos. No hay términos que sirvan para paliar la ausencia de esos pares de ojos que, irremediablemente, no se van a volver a abrir. Ante ellos y sus familiares, se impone el respetuoso silencio del duelo compartido.

Por eso, cuando el lenguaje se vuelve un estéril medio de comunicación solo nos queda amparo en las miradas. Como las de Paqui y su marido, sensibles y empáticas; la de Raquel intentando salvaguardar a Boro del impacto; la de Ana reencontrándose con él; y la del propio can -brillante como nunca- al saberse encontrado, a salvo y protegido.

La luz de los ojos de Boro no mitiga ningún dolor, lo acompaña en la desesperanza del desastre. El brillo de sus ojos es un espejo reflejando a una sociedad que avanza al entender que cada vida es valiosa, independientemente de la especie a la que se refiera. Reflejando que tenemos la responsabilidad de cuidar a quienes, dependiendo de nosotros, a su vez nos protegen. Reflejando que, cuando el mundo se tambalea son los vínculos que mantenemos con los demás -esas miradas compartidas- los que nos atan a la vida salvaguardándonos de la desesperación. Los ojos de Boro son, en definitiva, los ojos de quien, deshaciendo su estado de espera, revelan la luz de la gratitud.

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