Héurēka, la perra de Arquímedes de Siracusa

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arquímedes de siracusa

«Las matemáticas revelan sus secretos solo a quienes se acercan con amor puro, por su propia belleza»

Mi compañero Arquímedes y yo somos demasiado iguales. A los dos nos gusta contemplar y experimentar con el mundo en busca de respuestas; usar heurísticos, es decir estrategias, para resolver los problemas que se nos plantean; y ambos somos, más o menos, igual de peludos. Eso sí, existe una gran diferencia que nos separa, como separados están el mundo físico y el ideal matemático, y es que a él le encanta bañarse. Y no me refiero únicamente a disfrutar de las siempre frescas y tranquilas aguas del Jónico, donde a mí sí me encanta nadar e ir a buscar “mi palo” cuando me lo lanza; sino a lo de meterse en esa dichosa bañera. Él dice que, además de relajarse, sumergirse en ese hueco tan incómodo le permite imaginar qué estructuras geométricas conforman el cosmos. Por Siracusa adelante hay quien piensa que es ahí, en remojo, donde diseña esos inventos con los que intenta demostrar las ideas que le surgen; esos “teoremas mecánicos” como él los llama. Yo, que no entiendo de infinitos ni ontologías, prefiero quedarme fuera de la pila mordisqueando “mi palo” mientras lo veo chapotear, o tratar de ofrecérselo para que jueguen conmigo. El juego es condición fundamental para ser serio.

A propósito de ello; hubo un día en que, untado de aceite hasta las cejas, “mi palo” se le resbaló dentro del líquido elemento, desbordando una cantidad de este fuera de la bañera. Yo fijé mi mirada -ora en mi preciado objeto, ora en él- y vislumbré en su mirada el atisbo de una incomprensión, para mí obvia. Porque ¿quién no sabe que cuando un cuerpo como “mi palo” se sumerge en un fluido, sea en su totalidad o solo parcialmente, experimenta un empuje hacia arriba? ¡Por Apolo! ¿Hay alguien que ignore que ese empuje vertical hacia arriba equivale al peso del volumen del líquido desalojado por dicho cuerpo? Tan obvio como que la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta ¿no? Pues se ve que mi limpio compañero siracusano quiso dejar constancia de ello como si fuese uno de sus descubrimientos. Tanto es así que ahora, por toda la isla, llaman a esta obviedad “Principio de Arquímedes”; aunque ambos sabemos, porque somos demasiado iguales, que él me está muy agradecido. Lo supe cuando gritó mi nombre, Héurēka, al entender finalmente lo que os acabo de explicar.

Para mí, que no entiendo de infinitos ni ontologías, lo realmente importante es que recuperé “mi palo”. Y es que con él puedo hacer de todo: correr, nadar, jugar a atraparlo en el aire… Es más, dadme un punto donde apoyarlo y moveré el mundo.

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