El paisaje balcánico de Emir Kusturica

Escena cinematográfica en un interior oscuro donde una pareja sostiene un cordero iluminado por una pequeña llama, rodeados de objetos en estanterías.

Un lobo, no un perro: a los hechos me remito

Cuando abrimos los sentidos al entorno y, a su vez, nos dejamos traspasar por él se crea un vínculo, como una suerte de lazo afectivo, del que surgen significados con valor cultural. Es lo que el geógrafo humanista Yi-Fu Tuan (1930-2022) denomina “topofilia”: un ligamen donde los espacios cobran una nueva dimensión cargada de sentidos personales. Una unión que, en boca del filósofo francés Jacques Rancière (1940), conforma una unidad sensible que refleja las armonías o los desórdenes sociales[1]. Esta podría ser la esencia que mejor define la aproximación que Emir Kusturica (1954) -músico, actor, guionista y director- hace en sus obras visuales y sonoras al fusionar su tierra con los seres vivos que la pueblan, ofreciéndonos un retrato del paisaje balcánico más desconocido.

Fotografía en blanco y negro de Emir Kusturica sosteniendo una cámara de cine, vestido con traje y pajarita, en un entorno interior.

Personas desclasadas, trabajadores vinculados a la tierra, mujeres vitales, rebeldes y apasionadas, y un sinfín de personajes, desmitifican los estereotipos occidentales presentándonos la unidad con un paisaje, el Balcánico, desmembrado tras una guerra cuyo final acaeció hace 25 años. Un conflicto que, desde 1991, se cebó -como todas las guerras- con los civiles y las minorías étnicas como la romaní.

Cartel de la película “Black Cat, White Cat” de Emir Kusturica con un coche antiguo y un cerdo junto a él, sobre un fondo claro con tipografía artística.

“Gato negro, gato blanco” (1998) retrata -desde ese prisma onírico-realista tan habitual en sus cintas-, la vida, el folklore y el paisaje de una de esas comunidades gitanas sita a orillas del Danubio posbélico; a la vez que reflexiona sobre la futilidad de las apariencias. Dos gatos -siempre periféricos a la acción- median liminalmente entre las dualidades amor/prohibición, comedia/drama y riqueza/pobreza a través del color de sus pelajes (blanco y negro) y de una quietud que contrasta con el carnavalesco caos que emana de los humanos. A su vez, ambos felinos, como el resto de animales que ayudan a conformar el paisaje balcánico de Kusturica, representan esa libertad e inocencia instintiva, negada a los habitantes de la ex Yugoslavia, sirviendo como crítica social y política. Dos gatos que solo están y que, estando solos, muestran la resiliencia del pueblo romaní al que pertenecen, rindiéndoles homenaje. Dos gatos que, en definitiva, eligen su salvajismo en lugar de la domesticación. Como el Pitbull Terrier.

Incluido en el álbum Unza Unza Time (2000), Pitbull Terrier es un himno punk-rock balcánico que juega al doble sentido del animal personificado y la persona animalizada. Entre la belleza y la bestia, el Terrier es un ser voluntarioso y hábil que no siente tristeza ni dolor, y que no necesita de un cerebro pues cuenta con su astucia y sigilo. Un can rebelde que se niega a la subordinación: un lobo que se niega a ser perro. Un ser balcánico que, aún herido, se siente en forma y que nunca, nunca se rinde. Como Kusturica.

Hoy Cat&Dog quiere rendir homenaje al pueblo romaní, así como a las víctimas, exiliados, desplazados y asesinados en todas las guerras, incluidas las Balcánicas. Si, como decía Antonio Machado (1875-1939), cualquier paisaje es un estado del alma; la “topofilia” creada por Kusturica -en su formato visual o audible- representa ese estado de quien, como los gatos blanco y negro, aspira a la libertad de ser. También esa alma rota del Pitbull que, a pesar de todo, no se rinde nunca, nunca. Nunca.


[1] El tiempo del paisaje (2023)

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