El hombre es un lobo para el lobo

Hay quien se compra animales como un complemento de estilo de vida, quien tiene mascota, quien siente que convive con ellos y hasta quien es capaz de aprender de los seres con plumas, patas, picos o escamas. Hay quien -aún- cree que debemos doblegar al resto de los seres vivos argumentando nuestra superioridad en la escala evolutiva -domesticarlos, explotarlos, producirlos, usarlos-; quien los ve como “mejores”, pues proyecta en ellos inocencia, amor y esa pureza que solo puede tener un ser irracional; y también quien opina que todos somos animales, diferentes, pero animales. Hay más “quienes” que personas. Pero solo uno de ellos es capaz de contar una historia diferente. Una en la que un hombre fue un lobo para un lobo.
En El filósofo y el lobo, Mark Rowlands (1962) -el hombre- explica las lecciones de vida que Brenin -el lobo- le regaló a lo largo de su existencia común. Lecciones que -entreveradas con nociones epistemológicas y literarias de Kant, Nietzsche, Heidegger, Camus o Kundera- van construyendo un andamiaje reflexivo en torno a temas como la justicia, el amor, la felicidad y la muerte. No espere el lector, sin embargo, ni una sesuda discusión filosófica, ni un relato de “lobo y humano se enamoran y se adoptan mutuamente”. Al contrario, si hay Filosofía, ésta la escribe con su hacer el lobo; mientras el hombre -filósofo de profesión- se sitúa a la sombra como el imberbe que ha de aprender del maestro. Porque mientras el primero -el lobo- representa la inocencia fuerte del que ni manipula ni finge; el segundo -el hombre- se mueve por ego, raciocinio, cálculo y resentimiento. Y mientras el hombre vive su vida en base a narraciones y justificaciones -muchas veces hacia sí mismo, otras encarnando roles sociales-; el lobo, en su autenticidad, habita el mundo sin máscaras, con la atenta mirada del explorador que nada sabe porque aún no lo ha descubierto. Rowlands -el hombre- no tiene a Brenin -el lobo- como un complemento, mascota, compañero de vida o un ser del que aprender: sino como guía y modelo a seguir. Tampoco se cree superior a él, ni inferior en cuanto a ser racional, ni tan siquiera lo ve como un igual. Rowlands simplemente ocupa un espacio junto a la animalidad de Brenin, como la sombra que busca su propia luz: su propio ser. El hombre se convierte así en un lobo para el lobo; y El filósofo y el lobo -siendo una historia diferente-, en un texto claramente autorizado y altamente recomendado para todos los “quienes”.


