«Con el aumento de la distancia, nuestro conocimiento se desvanece rápidamente»
Cae la tarde en San Marino, California. Es otoño de 1946 y, por los tonos rosáceos que pintan el cielo, todo apunta a que la noche será despejada. Eso es lo que desea Edwin quien vislumbra una nueva madrugada mirando al infinito del cosmos.
-Edwin, tienes visita- dice su mujer Grace irrumpiendo en su despacho. Y sin esperar contestación agrega: -Es Aldous.
Aldous Huxley, filósofo y escritor, atraviesa el marco de la puerta observando la gatera[1] instalada en la hoja y comenta a su anfitrión:
-Vaya, veo que Copérnico tiene su propia puerta.
–Todos los gatos deben tener una para su autoestima– sonríe Edwin. -Recuerda que vivimos en la propiedad de Nicolás[2].
-¿Por eso está tumbado encima de tus papeles?
-No; eso es porque me está ayudando. Edwin ve estupefacción en el rostro de Aldous y procede a explicarse: -Como bien sabes, no existen verdades absolutas. No sabemos, por ejemplo, por qué nacemos en el mundo, pero podemos tratar de averiguar qué clase de mundo es, al menos en sus aspectos físicos. Como los gatos, usamos nuestra curiosidad para explorar el universo que nos rodea. La ciencia no es más que una de las extensiones de esa curiosidad; la experiencia derivada de la misma.
-La experiencia no es lo que te sucede a ti, sino lo que haces con lo que te sucede[3].
-¡Eso es! Mira a Nicolás. Mis papeles son su lugar seguro, su guarida; y esta casa, su mundo. Sin embargo, cuando le pica la curiosidad, sale al exterior a explorar, pero nunca más allá del jardín. Este es su galaxia, su Vía Láctea.
-Pero más allá del jardín, como has demostrado, hay más galaxias.
-¡Exacto! El universo es infinito, no nace ni muere, está en constante expansión y alberga múltiples galaxias. Si Nicolás abriese las puertas de la percepción[4], encontraría otros mundos nuevos.
Como aludido, Copérnico deshace su postura de esfinge y estira su negro cuerpo para luego saltar al regazo de Edwin. Comienza a amasarle el vientre emitiendo un ronroneo.
-¿Lo escuchas?- pregunta al escritor, -es lento como el de un león.
Huxley se acerca a la extraña pareja con intención de acariciar al felino. Este olfatea en la distancia al invitado y, sin mediar aviso alguno, le lanza dos rápidos zarpazos que impactan en sus manos. Edwin rompe a reír ante la expresión asustada de Aldous.
-Sabía que había tres tipos de inteligencia: la humana, la animal y la militar[5]; pero desconocía que un gato pudiese tener más de una.
-Pues has tenido suerte, porque tu mano podría haber sido uno de sus trofeos. Normalmente caza pájaros y lagartos que me ofrece como regalos. Yo trato de ignorarlos para ver si deja de hacerlo.
-Los hechos no dejan de existir porque se los ignore[6].
-Y precisamente, querido Aldous, lo que has ignorado tú, es de sobra conocido: que estás en la galaxia del gato; es decir, la propiedad de Nicolás.
Cae la tarde en San Marino, California. Es otoño de 1953 y por los tonos oscuros del horizonte, todo apunta a que la noche será tormentosa. Nicolás salta a la cama de Edwin, pero solo encuentra su silueta aún caliente en el lecho y el olor de su ausencia. En el quicio de la ventana, mirando más allá de las estrellas, lo buscará cada noche esperando su regreso[7].

[1] Hubble dispuso una puerta para gatos que facilitaba los movimientos del gato Nicolás.
[2] Las frases en cursiva son extractos del diario de los Hubble.
[3] Frase célebre de Huxley
[4] “Las puertas de la percepción”, es una obra en la que Huxley que explora la espiritualidad, la crítica social y el uso de drogas psicodélicas para expandir la percepción.
[5] Frase célebre de Huxley.
[6] Frase célebre de Huxley.
[7] Grace Hubble recogió en sus memorias cómo Nicolás Copérnico esperó cada noche el regreso de Edwin, agazapado tras la ventana, hasta su propio fallecimiento.

