La ética del cuidado de la unidad de lo vivo
Como las aguas del heraclíteo río que siempre fluye, el eterno devenir estoico, la rueda del Samsara budista o la primera ley de la termodinámica: así es el tiempo, el contenido de la memoria y las pulsiones que configuran nuestras vidas. Así es, también, la idea del “flujo de la vida” inserta en el corazón del humanismo hinduista de Rabindranath Tagore (1861-1941), poeta, novelista, músico, pintor, reformador social y una de las figuras centrales del Renacimiento bengalí. Y ese concepto, el “flujo de la vida”, no es otra cosa que el principio activo que une las partes de un todo cósmico, que existe solo porque dichas partes están conectadas: la rueda del Samsara. El oleaje del mar, el ritmo de la música, la savia de las plantas o la sangre de los mamíferos: todos son expresión y conjunción que evidencian la unidad de lo vivo. Una unión que es espiritualidad cósmica, presencia de lo divino que construye el sentido del eterno devenir del nacimiento, la muerte y la transformación: la primera ley de la termodinámica. Una interconexión experiencial que, en Tagore, se vuelve ética: la ética del cuidado de todo ser vivo, porque todos somos iguales.
Incluido en la colección bengalí Arogya (1940), Este perro es un hermoso poema autobiográfico que narra la interconexión que experimentó con un perro callejero, y los aprendizajes derivados de la misma. Todo un regalo para quien lea desde el corazón. Pánta rheî.
Cada mañana este perro, muy apegado a mí,
se sienta tranquilamente junto a mi asiento
hasta que, al tocarle la cabeza,
reconozco su compañía.
Este reconocimiento le produce tanta alegría
que un puro deleite recorre todo su cuerpo.
Entre todas las criaturas mudas,
es el único ser vivo
que ha visto al hombre entero,
más allá de lo bueno o malo que hay en él;
lo ha visto.
Por amor a él puede sacrificar su vida;
puede amarlo también solo por amor al amor mismo.
Pues es él quien muestra el camino
hacia el vasto mundo que late con vida.
Cuando contemplo su profunda devoción,
la entrega de todo su ser,
no llego a comprender
cómo, por puro instinto,
ha descubierto en el hombre alguna verdad.
Con sus miradas silenciosas, ansiosas, lastimeras,
no puede comunicar lo que entiende;
pero ha logrado transmitirme,
entre toda la creación,
cuál es el verdadero lugar del hombre


