Todo un universo de energías
Juega la gata. Corretea por la habitación, se lima las uñas en el rascador y salta a la cama. Se acicala en una posición que ni el mejor maestro de yoga podría conseguir. De nuevo al suelo. Otra carrera por el pasillo y un frenazo en seco. Sentada junto a las jambas de la puerta del salón, alza la testa y mira a un punto indefinido donde parece no haber nada. Las pupilas se dilatan y contraen; inclina la cabeza levemente hacia un lado; el movimiento de sus orejas es casi imperceptible. La profundidad de su mirada nos lleva al abismo metafísico por excelencia: ¿está observando algo que nosotros no percibimos? ¿está viendo un espíritu?
La creencia de que los gatos están conectados con el más allá clava sus raíces en la época Antigua de la historia. En las culturas japonesa y egipcia, los gatos eran concebidos como criaturas liminales, mediadores entre lo visible y lo oculto, actuando como protectores de los humanos frente a los espíritus malignos. Ese límite o frontera entre lo sensible y lo perceptible, toma otra connotación entre los celtas. Para estos, los ojos de los gatos eran la puerta de acceso hacia el mundo de los seres invisibles, idea que desacraliza al gato, al tiempo que lo envuelve en un halo de misticismo. La legalización, expansión y posterior consolidación del cristianismo, con su refuerzo ortodoxo en la concepción dicotómica del bien y el mal, y la vinculación de este último con la brujería y la magia negra, convierten al gato en una criatura que, situándose aún en ese umbral, representa el lado oscuro: el compañero del mal. El archiconocido tópico del “malo acariciando un gato” (le hemos dedicado tres entradas la pasada temporada) se enclava ahí, arrastrando la conexión gato-oscuridad-espiritualidad maligna hasta nuestros días.
Los estudios científicos y los razonamientos inductivos derivados de estos, pueden ayudarnos a romper esa conexión, terminando a su vez con el susodicho tópico. Según la ciencia, cuando los gatos se quedan “mirando a la nada”, simplemente están atendiendo a lo que sus sentidos están captando. Un gato puede oír frecuencias cuatro veces superiores que un humano (incluyendo sonidos ultrasónicos) y cinco veces más lejos que estos; posee gran sensibilidad a movimientos y modificaciones mínimas en el ambiente (desde partículas de polvo que se desplazan, hasta alteraciones en los campos electromagnéticos o cambios de presión); y su visión, capacitada para rangos de luz ultravioleta, le permite ver en la más absoluta oscuridad. Esa misma oscuridad vinculada a la espiritualidad maligna.
La gata sigue absorta, como midiendo su respiración hasta el microsegundo, sentada junto a las jambas de la puerta del salón. De repente, maúlla a la nada y reemprende su juego por toda la casa. Tal vez haya visto un espíritu o quizás solo se ha dado cuenta que nuestra respiración variaba su ritmo porque creemos que lo ve. Tal vez para ella todos los días son los días de los difuntos o quizás simplemente perciba todo un universo de energías.


