Una locuaz sátira autocrítica a los pioneros
Hubo un tiempo y un lugar en el que los ríos –en vez de parecer fluidos turbios repletos de plásticos, latas, productos químicos y demás materia no orgánica– portaban aguas cristalinas, piedras arrastradas desde los manantiales, hojas caídas de los árboles caducos y pepitas de oro. Eran los Estados Unidos de 1849, la era “romántica” de los solitarios 49ers, esos prospectores que, como Humphrey Bogart (1899-1957), Tim Holt (1919-1973) y Walter Huston (1884-1950) en el clásico El tesoro de Sierra Madre (1948), buscaban hacer fortuna lavando oro en los ríos o bateando ligeramente la superficie de la tierra. Para cuando en torno a 1855, la mano del ser humano tal y –como suele pasar– había terminado con los recursos “fáciles”, la Fiebre del Oro ya se había desatado surgiendo compañías dedicadas a la minería de vetas duras; es decir, usando explosivos. Es en este contexto en el que se inscribe El gato de Dick Baker, de Mark Twain (1835-1910).
“Me parece que tendréis que disculparme”, aduce Tom Cuarzo –un gato con más sentido común que cualquier hombre, y experto buscador de oro– cada vez que algo no está a su gusto. Cascarrabias, soberbio e independiente, el felino es un reflejo antropomórfico del carácter y usos de los pioneros, queriendo tener la razón y, por tanto, el derecho sobre lo hallado. Tras ser lanzado por los aires víctima de una detonación infructuosa, Tom se vuelve más reacio a los nuevos métodos mineros, optando por huir de la escena cada vez que se va a producir una explosión. Sin embargo, el gato sigue presente no por la fidelidad a Dick Baker; sino por la codicia.
Ese es el leitmotiv que subyace a esta y otras historias recopiladas en la obra Roughing It, un libro semi autobiográfico, escrito durante sus experiencias por el Oeste americano entre 1861 y 1867, en el que Twain, haciendo uso de su peculiar sentido del humor, contrapone el ingenio de los viejos métodos con la rudeza de los nuevos y satiriza la vida de los buscadores de oro resaltando su egoísta ambición. Porque la codicia tienta a todos acabando con nuestra humanidad. Sucedió con aquellos 49ers pioneros que, con tal de lograr su objetivo, masacraron a poblaciones indígenas, mataron a inmigrantes y contaminaron tierras y ríos. Sucedió entre Bogart y Holt en El tesoro de Sierra Madre donde la envidia los llevará a la perdición y violencia mutuas, mientras el oro se perderá río abajo. Y también le sucedió al propio Twain quien, si como Tom Cuarzo hubiese dicho “Me parece que tendréis que disculparme”, no hubiese perdido una fortuna invirtiendo en minas.
Hubo un tiempo en el que los ríos tenían oro. Hoy, los que no hemos secado, traen los restos tóxicos de nuestra codicia.


