Explicando el mito de una criatura de la salvaje espesura
Los hombres –que no las mujeres– lanzan objetos a los gatos y los perros los persiguen –a gatos y gatas– hasta que se encaraman a los árboles para estar a salvo. Dos mitos reproducidos –y por eso aceptados– una y mil veces en el imaginario popular. Pero, si como evidencia Lévi-Strauss (1908-2009), un mito es una “fórmula mínima” que trasforma relaciones en espiral, un modelo lógico para mediar tensiones sociales o psicológicas; quiere ello decir que un mito piensa la realidad concreta mediante lógica discontinua, no abstracta. O lo que significa –en el fondo– que un mito es algo no comprobado, un bulo en el que creer, un chismorreo, ¿un absurdo? Pues Rudyard Kipling (1865-1936) tiene otra explicación para estos dos.

Y la explicación es un cuento, El gato que andaba solo, un relato en el que un gato, al que le da lo mismo estar en un lugar que en otro, se adentra en una cueva homínida, llevado por su curiosidad felina. Ahí, una mujer –sí, claro, una mujer mítica– ha conseguido domesticar a un caballo, a una vaca y a un perro con la “magia” de la comida (dadle un premio a un perro y veréis esa magia). El caso es que el gato cuando es seducido en primera instancia –según Kipling, y según todos los que compartan su vida con un felino– pues no traga. Entonces la mujer –porque un hombre cavernícola no se rebajaría a ello– pacta con él: “Entrarás en la cueva y tendrás un lugar frente al fuego siempre que no dañes al bebé” (había un neonato en la prehistórica historia para infundir más moralidad). Y el gato, acostumbrado a caminar solo y a quien no le importa estar aquí o allá, está casi seguro de aceptar. Entonces llega el Hombre, el Perro y también Kipling para ajustar las cuentas y ninguno de los tres llega a un acuerdo.
No os vamos a decir por qué –solo faltaría–, según Kipling, el hombre lanza objetos a los gatos ni por qué estos salen disparados a los árboles cuando otean la presencia de un cánido. Eso sería desvelaros el final del cuento, romper la magia de la lectura y poner al felino en tela de juicio. Y nada más lejos que juzgar a un gato en un cuento de gatos. Porque, seamos sinceros, con los gatos ni hay mito, ni razón. Y eso lo supo Kipling y, seguramente, Lévi-Strauss. Porque para este los gatos, al perderse, buscan volver al grupo humano, ilustrando la domesticación mutua entre humanos y animales. Lección a aprender.
Tal vez por eso El gato que andaba solo, no quiere estar solo. Y tal vez, que los hombres –y no las mujeres– les lancen objetos sea un problema hormonal o más bien de mala educación. Lo mismo que los perros los persigan hasta hacerles subir a un árbol: una cuestión de mala educación humana. O eso, o el mito es verdad.
Leed a Kipling y sacad vuestras propias conclusiones.


