Habitar la diferencia

Con el tono dulce con el que se habla a un ser indefenso, la voz autoritaria de quien busca imponer su jerarquía o la entonación edulcorada de quien infantiliza a una criatura; así hablamos a nuestros perros. Así y por chasquidos de dedos, gestos, sonidos de silbatos, monosílabos convertidos en órdenes y miradas. Así y en monólogos interminables donde les contamos nuestras inquietudes, sueños y tragedias, les pedimos consejo o les mostramos nuestras faltas éticas y la fragilidad constitutiva de la que estamos hechos los humanos. Hablamos a nuestros perros, a veces con la duda presente de si ellos nos están entendiendo; y otras, desde lo que el teórico de la comunicación Abraham Nosnik (1954) llama “etapa de las fuentes egoístas”; es decir, produciendo mensajes carentes de empatía, que convierten al can en un receptor anónimo, desprovisto de emociones. Pero, ¿qué sucedería si rompiésemos la autorreferencialidad que caracteriza nuestra comunicación y nos diésemos al otro? Benedetti nos lo cuenta de manera magistral en El hombre que aprendió a ladrar.
Llevado por el amor hacia los canes, el humano Raimundo aprende, no a imitar ladridos sino verdaderamente a ladrar, lo que le permite establecer fluidas conversaciones con Leo, su hermano perro, quien le abre un nuevo mundo de opiniones. No tardará Raimundo, sin embargo, en plantearle al can una cuestión irónicamente antropocéntrica: ¿qué opinás de mi forma de ladrar? La respuesta que le dará Leo es la que reestructura, elípticamente, esta fábula parabólica propia del realismo lúdico latinoamericano de finales de siglo. Una fábula que versa sobre la comunicación, la empatía, y el alcance de ambas. Y es que Benedetti, aún planteando que comprender al otro implica un esfuerzo activo a la vez que un desarraigo de uno mismo, nos manifiesta que siempre hay algo que limita nuestra relación con los demás. Y es precisamente ese margen lo que nos caracteriza como individuos singulares y únicos. De esta manera -insinúa el uruguayo-, por mucho que intentemos comprender al otro -más allá de culturas, idiomas o especies-, por mucho que aprendamos su lenguaje, estaremos abocados a no dominarlo en su pureza. Aunque aprendiésemos a ladrar.
Este límite al que nos somete Benedetti -esa marca autorreferencial-, deja de ser en el cuento algo exclusivamente humano para extenderse a todos los animales. Así, aunque un perro aprendiese a hablar con palabras, siempre habría una frontera -su esencia propia- que limitaría la comunicación. Pero Benedetti nunca separa: siempre busca hermanar. Por eso, el límite al que nos somete se convierte en diferencia desde la que construir la relación; o como teoriza la ecofeminista Donna Haraway (1944), es “llegar a ser juntos” habitando la diferencia. Y eso solo puede hacerse desde el más sincero y tierno amor.
Así que, independientemente del tono dulce, la voz autoritaria o la entonación edulcorada. Más allá de chasquidos, gestos, silbatos, monosílabos o miradas; y de egocéntricos monólogos interminables o llenos de dudas: hablemos con nuestros perros. Hagámoslo y escuchemos sus respuestas: sus aullidos, gestos y miradas. Habitemos la diferencia. ¡Aprendamos a ladrar como Raimundo!


