Poemas para Niebla (2)

Recuerdos del amigo desolado

La poesía del exilio de Alberti está traspasada por el recuerdo, por el desasimiento y por la nostalgia. Un vacío muy profundo se ha horadado en el alma del poeta y parece que sólo la vuelta podría devolverle la vida perdida. Retornos de lo vivo lejano (1955) es una de las obras paradigmáticas de este momento de su producción. En ella, el verso culto y el popular se entrelazan para abrazar la dimensión completa del mal de ausencias, del que hablara su amigo Miguel Hernández, que corriera peor suerte que él.

En “Retornos de Niebla en un día de sol”, el poeta se lamenta muchos años después por el destino de Niebla, compañera de los tiempos más difíciles, finalmente perdida en una España todavía en guerra. La sinceridad y la hondura de estos versos pone bien de manifiesto la dimensión del cariño y la profundidad de la relación entre perra y poeta.

Retornos de Niebla en un día de sol

I

Perros, dementes míos, dulces y hermanos, perros,

párvulos imposibles de tontos y aplicados.

Hoy no eres tú, Centella, andaluza y atlántica,

del colegio y las horas hurtadas a la Física

o al Latín, en dunas frente al mar y las piedras

de los castillos. Hoy

no eres tampoco tú, Yemi, la enceguecida

de lagartos feroces entre los biselados

de la sal, ni tampoco

aquel Jazmín angélico, ni Tusca la misteriosa,

ni Muki ni esos perros

que desconozco pero sé que me buscan

sabiendo que en la casa del buen poeta siempre

hay un mantel y un plato junto al vaso de agua.

Bajo este sol me irrumpe, como recién urdida

por la punta fulmínea de un rayo, la más bella,

la más valiente y grácil, lineal y armoniosa,

la que llenó mis días peligrosos

las cuevas sin sueño de mis noches terribles

con el inmenso aroma de su flor plateada.

Vienes herida, Niebla, de escombros y de hambre,

como un pobre soldado herido que anduviera

anhelando en sus ojos preguntar si la muerte

fue leal con sus otros compañeros.

Déjame que te limpie la sangre en estos bosques

y te lleve despacio a ver el mar tranquilo.

II

Éste es el mar que acaso tú no tuviste tiempo

de comprender. Ahora

míralo, Niebla, y húndete

en el innumerable azul de su hermosura.

Levanta tus orejas llovidas como hojas

y escucha lo que quiero con amor responderte.

III

Habrás pensado, Niebla,

que te dejé olvidada

por aquellas bahías y pueblos desventrados.

Que quise que la muerte

con sus negros retumbos

fuera la imagen última

que guardaran tus ojos solitarios al irme.

Habrás pensado, Niebla,

que me fui sin quedarme,

sin que mi corazón corriera desolado

con las puertas abiertas,

tundidas por el viento,

repitiéndote a gritos:

-Ésta es tu casa, Niebla,

el hogar que elegiste en una noche helada

para hacerlo más dulce, más de flor, más de sueño.

Habrás pensado, Niebla, que España se moría

con mi desesperado, corporal abandono,

invadiendo un nocturno funeral, un silencio

definitivo todo lo que su ayer de sombras

y de heroicos relámpagos

fue creando su día,

su anhelante mañana.

Habrás pensado, Niebla,

lejos ya de tus mares,

ya en otros tristes y extranjeros kilómetros,

ignorando en qué prados,

en qué montes u orillas,

yacías pobremente llorando por mi vuelta.

Habrás pensado, amarga flor mía, habrás pensado,

y con cuánta dolida razón, que mi memoria

te perdía, cayéndose

tu nombre fiel, tu puro

amor con la caricia de otros amigos.

Pero no, que aquí estás jubilosa a mi lado,

Niebla de Sol y bosques,

viva en mí para siempre,

junto a la mar tranquila.

Rafael Alberti;

En Retornos de lo vivo lejano (1952)