Una pica en Flandes
A unas endivias gratinadas le siguen, de segundo, unos mejillones con patatas fritas, acompañadas de una buena cerveza de abadía. De postre, un gofre. Mejor si lleva chocolate local. Si es domingo, de cabeza al mercado de las pulgas; si no, una visita al extrarradio para ver el Atomium. Un encaje para la abuela, varias cajas de speculoos para repartir, cómics para la sobrina y bombones que seguramente no llegarán a destino, los souvenirs. Esto es Bruselas, la capital belga y sede de la Unión Europea. Una ciudad que ha legado al mundo una seña de identidad poco común encarnada en la escultura de un niño orinando: el Manneken pis. Solo una urbe como esta, tan auto irónica, podía ser patria y lugar de trabajo de un escultor como Tom Frantzen (1954), más conocido como “El rey del zwanze”.
Sarcasmo, exageración, autoirrisión. El bromear como piedra angular de vida. La ironía como un cuchillo de plástico que traspasa una coraza invisible para hacernos cosquillas. Irreverencia en las relaciones sociales. Autoderisión. Esto es el zwanze, término de origen desconocido que se atribuye al modo de ser bruselense. Una actitud que, lejos de ser un inútil peterpanismo, nació como una forma de resistencia cultural anarquista envuelta en celebraciones carnavalescas. Un legado que Frantzen, formado por el escultor Rik Poot (1924-2006), recoge y reaviva siguiendo su propia “fantasía flamenca contemporánea”. “Zinneken pis” es un buen ejemplo de ello.


Clavado en una esquina de la Rue des Chartreux, un can de bronce levanta la pata para orinar contra un bolardo. La figura, esbelta y realista, transmite al observador el dinamismo propio del acto; mientras su rostro -orejas asimétricas, mirada profunda y hocico concentrado en los olores del ambiente- refleja la naturalidad inherente con que los animales no humanos se mueven por la vida. Se trata de un perro mestizo, guiño al cosmopolitismo y carácter aperturista que siempre ha caracterizado a Bruselas. La surrealista escultura amplía la sátira del emblema de los “niños meones” convirtiéndose en una traviesa broma al más puro estilo zwanze que hace sonreír al transeúnte. Pero, además, más allá de una escena lúdica que Frantzen utiliza para interactuar con los vecinos, los visitantes y el espacio público; la escultura nos recuerda que los perros -ya urbanitas- ocupan un espacio en nuestros entornos y que estos han de adaptarse a aquellos, y viceversa. Y eso es lo que hace el “Zinneken pis”: “marcar” esta esquina como propia, como quien en su día puso una pica en Flandes.


