Patriarcado divino tras el fin de la vida
Hay perros en el cielo. Según un mito de la Antigua Grecia, por lo menos uno (seguro que dos) corren por el firmamento como una flecha lanzada por un arco certero. El más grande es Lélaps, el infalible perro de caza que Zeus regaló a Europa y que, como la falsa moneda, fue cambiando de mano en mano hasta que una paradoja divina -habría de perseguir eternamente a la zorra Teumesia destinada a no ser nunca capturada- llevó a Zeus a petrificarlo. La segunda (a veces confundida con un zorro que el propio Lélaps quiere cazar), es Maera, la fiel compañera de Icario y su hija Erígene, cuyo destino será morir de soledad ante el asesinato del primero y el suicidio de la segunda. Según explica Eratóstenes de Cirene (s.III a.C), ambos se convertirán en catasterismos[1] -es decir transformados en constelaciones- por obra del propio Zeus. No hay en ello, sin embargo, el deseo por parte del dios de tributar a estos animales; sino más bien el obligarlos a acompañar a Orión el gigante -también convertido en constelación tras su muerte- en su eterna caza por el cosmos. En referencia al fallecimiento de este -hábil, bello y fuerte-, el mito se fragmenta en dos explicaciones. En una, una dolida Gea le envía un escorpión que le causará una picadura mortal, debido a la arrogancia que el orgulloso cazador ha mostrado tras haber exterminado a todos los animales de la Tierra. En la segunda de las versiones, Orión morirá debido al impacto de una certera flecha lanzada por Artemisa. El motivo de tamaña reacción: el intento de agresión sexual que la diosa de la caza sufre del testosterónico “adonis”.
Hay perros en el cielo. Según diferentes creencias y religiones, allí están las almas -energías o como quiera que se le denomine a la materia intangible que al abandonar el cuerpo lo priva de vida- de millones de canes que han estado en este mundo. Se trata de un cielo en el que las divinidades juzgan, clasifican y deciden sobre el futuro de esos seres que, en el limbo de la incerteza, tal vez sientan el temor de ir a un infierno que desconocen, cuando no a caer en el averno del olvido. Y aunque ese es otro cielo diferente al estrellado, no deja de guardar una conexión con el anterior.
Creencias, religiones y mitos se asientan en la misma base (la ignorancia del ser humano para explicar por qué sucede lo que sucede), se desarrollan de la misma forma (generando una historia no verificable) y pretenden alcanzar un mismo objetivo (educar en un sistema moral y de creencias homogéneo). Además, en estos tres tipos de narraciones, el hombre -por temor a las represalias- se subyuga ante fuerzas sobrenaturales, a la vez que somete al resto de los que considera seres inferiores de la “Creación”. Mujeres incluidas. Y es que estos tres tipos de discursos también comparten la autoría masculina, reflejando el modelo patriarcal impuesto hasta en la construcción de la historia cósmica. Porque que Orión, acusado de violación y/o de exterminio animal, sea el elegido para alumbrar nuestro cielo; conlleva considerar a Gea poco menos que “la loca de los animales” y revictimiza cada noche a Artemisa. Que Lélaps haya sido “prestado” entre cazadores, resuena a instrumentalización y abandono animal. Que, además, ambos perros sean condenados a acompañar al ejecutor de sus iguales durante toda la eternidad en vez de ser reconocidos como lo que fueron, compañeros fieles y trabajadores incansables, refleja el antropocentrismo ególatra del hombre. Que la perra, a veces convertida en zorra perseguida, sea el Canis Minor frente al macho Canis Maior, parece ser algo más que una anécdota. Que perras y perros deban esperar el juicio de un dios (¿experto etólogo?) para acceder al cielo de la paz eterna o ser condenados a quemarse eternamente en el hades, resuena a vengativo capricho divino.
Así que, cuando en una noche estrellada miremos al cielo, no nos dejemos impresionar por el cinturón que lleva el cazador genocida machista. Rindamos homenaje a la pequeña Maera, dejémonos guiar por Sirio -la estrella más brillante del firmamento y parte del Canis Maior- y acordémonos de Gea y Artemisa. Y quien haya sufrido la pérdida de un cuadrúpedo amado, tal vez, además de en el cosmos, pueda encontrar las coordenadas que le lleven al cielo animal a través del recuerdo que este ha dejado intacto en su corazón.

[1] Del griego Katasterismós, con significado “colocado entre las estrellas”

