«El CaNino de Santiago», de Sara Escudero

Sara Escudero sentada en un prado abrazando a un perro golden retriever entre flores silvestres.

Nala, Nalita, Nalinchi, universalizando lo particular

Es inherente al humorista (o al menos se le presupone) el presentar la realidad resaltando su lado risueño, cómico o ridículo con el fin de hacer reír. Subyace a este concepto una suerte de criticismo y, por tanto, una predisposición -cuando no capacidad- de mirar alrededor y tratar de comprender el mundo. En este sentido, la función de cualquier persona profesionalizada en el arte del humor, no dista tanto de la de los ingenieros, físicos y todo ser dedicado a la Ciencia, pues todos ellos buscan lo mismo: extraer leyes universales a partir de lo particular. En esta extracción, a su vez, los buenos humoristas -como los escritores, filósofos y todos los seres implicados en la creación artística-, tratan de atravesar esa misma realidad para, yendo más allá, aplicar los principios universales a las propias experiencias. Para eso suele ser necesaria una cierta sensibilidad.

Es con humor y sensibilidad cómo se construye el CaNino de Santiago, un libro que, en esta ida y vuelta de lo genérico y lo concreto, nos regala la experiencia de una historia de amor auténtica (porque sí, las hay) entre perra y humana. Una historia que, narrativamente, da voz a ambas empleando un doble sentido de “camino”. Así, Nala, Nalita, Nalinchi -compañera de vida de Sara Escudero (1981)- ladrará autobiográficamente el periplo vivido durante el Camino de Santiago; mientras la humorista hará lo propio contándonos la historia del recorrido vital de ambas como miembros de la misma “camada”. Se sucederán anécdotas, surgirán aprendizajes y brotarán emociones, tejiendo una malla de reflexiones que atrapan al lector en el “juego” de los caminos. «No hay mayor premio que estar donde quieres estar y con quien quieres estar. A ese premio yo lo llamo ser feliz y no hay ninguno que se le pueda comparar.», ladra una. «La incondicionalidad del amor no entiende de especies y a un perro se le ama, como se ama a un ser vivo: con todo. No son cosas, no son objetos y no: no son seres de segunda o tercera categoría.» dice la otra.

Sara Escudero posando en la naturaleza con dos perros, un labrador negro y un golden retriever, en un paisaje de montaña.

No creemos que, quienes hayan compartido sus vidas con algún animal, no se vean reflejadas en alguna anécdota, reflexionado sobre alguno de los aprendizajes o sentido aunque solo sea una de las emociones que transmite este libro. Es lo que ocurre cuando se universaliza lo particular. Tampoco consideramos que, quienes no hayan tenido el placer de experimentar la compañía que ofrece un animal, no puedan deleitarse con esta deliciosa obra; pues esta habla de la mayor particularización de lo universal: la de recorrer el Camino de la vida sintiendo nuestra propia identidad. Porque como dice Nala, Nalita, Nalinchi: «la vida son detalles y lo bueno de la vida es que los detalles suceden cada día. Sin excepción. Solo hay que saber olerlos, verlos, sentirlos, compartirlos. Os deseo un día a día lleno de detalles. Feliz viaje de vida.»

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