La neurociencia canina de Gregory Berns
Callie sube al escáner con la seguridad que aporta la experiencia. Confiada, apoya la cabeza en un soporte en el que permanecerá inmóvil durante unos 15 segundos; tiempo suficiente para que Gregory -neurocientífico, psiquiatra, neuroeconomista, pero sobre todo fiel compañero-, active el aparato y le haga una resonancia magnética funcional. A Callie este tipo de pruebas no le generan estrés: no solo ha aprendido a aceptar el ruido de la máquina, sino también a deshacerse del miedo que los animales suelen sentir ante un evento nuevo o un lugar desconocido. Y ese aprendizaje ha sido gracias al refuerzo positivo, una técnica conductista que la neurociencia y el cognitivismo ha reinterpretado más allá del estímulo-respuesta. Así, mientras este último -el cognitivismo- considera que en este tipo de aprendizaje se modifican expectativas y motivaciones pre-existentes; la neurociencia ha descubierto, además, la activación de circuitos como el dopaminérgico, responsable de la anticipación de las recompensas. Los perros entienden.
Callie no ha sido la única que ha aprendido a dejarse escanear. Desde que, en el año 2012, Gregory Scott Berns (1964) puso en marcha el Dog Project en la Universidad de Emory, unos noventa canes han pasado por dicha prueba. El procedimiento es sencillo: exponerles a estímulos como voces, alimentos y olores, y observar en el monitor qué cambia en su actividad cerebral. El objetivo, aproximarnos a la utópica respuesta a esa pregunta que tantos humanos nos hemos hecho: ¿en qué piensan los perros?
En Cómo es ser un perro, el estadounidense sostiene que el cerebro canino procesa emociones y elabora pensamientos sociales complejos, pero no al modo humano -es decir, empleando un lenguaje verbal abstracto-; sino en términos de experiencias, asociaciones y emociones. Este lenguaje propio, no verbal, tal vez podría estar basado en imágenes -o incluso en una suerte de “impresiones” al estilo de Hume- en los que se representarían comida, personas, rutinas, lugares conocidos y experiencias previas, que se activarían ante estímulos concretos; pero no lo sabemos. Lo que sí nos dice la neurociencia es algo que muchos ya intuíamos: que los canes tienen mente. Que tienen una suerte de expectativas básicas, que poseen memoria social y que son capaces de amar y sufrir. Y el correlato de esto último -que son seres sintientes- lleva a Berns a abrir la puerta sobre la necesidad de una nueva eticidad hacia el resto de los animales. Una eticidad que pone en entredicho desde la experimentación con animales, a la legislación sobre su bienestar, pasando por las prácticas de entrenamiento y domesticación, la convivencia respetuosa y la búsqueda de métodos -aún- menos invasivos de eutanasia.
No sabemos qué opina Callie sobre todo esto, pero sí que su núcleo caudado -asociado al placer, la motivación y la expectativa- se ponía en funcionamiento cada vez que, dentro del escáner, olía, escuchaba y sentía la presencia de Gregory, su neurocientífico y fiel compañero.


