Curar Heridas
En 1946, el fotógrafo Bruno Bernard (1912-1987) realizó una sesión para una campaña de productos veterinarios junto a una piscina del Griffith Park de Los Ángeles. Los protagonistas: Rolf, su propio pastor alemán, y una aún desconocida modelo que, por primera vez, percibía un sueldo por posar. Ésta sujeta con seguridad una de las patas de aquel mientras le aplica el medicamento y le venda la extremidad. Retrospectivamente, alguien podría ver en este gesto tierno y maternal un perfecto acto interpretativo de la que será un icono del cine, pero hay un halo de honestidad que rodea al instante -como una implicación emocional que vincula a quien cura las heridas con quien las sufre-, convirtiéndolo en un momento único y sincero a la par que cotidiano. Cotidiano porque, seguramente, Norma Jean Mortenson (1926-1962) -esa joven que sujeta con seguridad la extremidad del can- no es la primera vez (ni la última) que se encuentra en una tesitura similar.







Y es que Mortenson, seguramente hubo de socorrer a Tippy, el pequeño perro que la acompañaba a la escuela cuando solo tenía siete años; o a Muggsy, el collie que tuvo con su primer marido, James Dougherty. O quizás fueron ambos canes quienes intentaron curar las heridas invisibles que la joven Norma fue sufriendo al pasar por orfanatos y casas de acogida (once familias en doce años de vida) debido a los graves trastornos psiquiátricos de su madre, Gladys Baker. Las mismas heridas que volverían a abrirse a lo largo de su vida debido a las inseguridades personales y el miedo al abandono. Esas exacerbadas por los hombres de Hollywood, más preocupados por explotar a las mujeres, abusar de ellas y reducirlas a meros arquetipos sexuales valorados por su capacidad de sonreír y seducir, antes que por su talento artístico. («Los perros no me muerden. Sólo los seres humanos”). Unas heridas que, gracias a los lametazos de Ruffles -el Cocker Spaniel que posa con ella en la playa en 1947-, Josepha -la Chihuahua que le regalaron los magnates de Columbia en 1950-, Hugo -el Basset Hound que compartía a finales de los cincuenta junto a su tercer marido, el dramaturgo Arthur Miller- y Maf (Mafia Honey) -el maltés que le regaló Frank Sinatra en 1960- fueron sanando provisionalmente, bajo la supervisión del siempre omnipresente Mitsou, el gato persa que desde 1954 la seguía a todos lados como si fuese su sombra. («Si le hablas a un perro o a un gato, no te mandan a callar»).







Pero no fue suficiente. En agosto de 1962, la Norma convertida en Marilyn decidió cerrar definitivamente su herida con una dosis de barbitúricos, abriendo, a su vez, una llaga en el mundo del cine y del modelaje. Norma nos dejó un legado conformado por entrevistas, 29 películas y cientos de sesiones fotográficas. La de Bruno Bernard no solo fue la primera remunerada, sino el inicio que le permitió convertirse en el icono Marilyn Monroe. Sin embargo, es el halo de honestidad que rodea ese instante fotografiado -ese que vincula emocionalmente a quien cura las heridas con quien las sufre- lo que lo convierte en un momento único y sincero, a la par que excesivamente cotidiano. Tanto, que hasta el observador puede llegar a cuestionarse quién es el que realmente está curando las heridas.

