Dos perros, la luna y el sol: entender a Miró

¿Podría hacerlo una persona de seis años?

Toda obra de arte es objeto a la vez que vehículo de expresión de su artista. Las que son excelentes están concebidas a través de la perfecta aplicación de un conjunto de técnicas -invisible columna vertebral de la obra-, representan la coronación de un estilo e, incluso, pueden llegar a marcar una época. Las obras de arte extraordinarias, además, son aquellas que, desbordándose a sí mismas, inauguran un nuevo concepto a la vez que mueven y conmueven. Esto es lo que suele ocurrir cuando presenciamos un Miró. Porque un Miró nunca provoca indiferencia.

Hay quienes piensan que una obra de Joan Miró (1893-1983) es tan solo un acto lúdico carente de arte, una explosión caótica de colores y un simple trazado de formas básicas en una superficie; es decir, poco más que el recurrente dibujo que haría una persona de seis años. Sin embargo, tras este aparente lenguaje pictórico infantil, hay un deseo explícito de comunicar con menos para construir un universo que lo abarque todo. Por eso, la famosa reflexión de Aldous Huxley (1894-1963) “En el arte existen sencilleces más difíciles que las complejidades más enrevesadas”, bien podría aplicársele a Miró. Prueba de ello son su Perro ladrando a la luna (1926) y Perro frente al sol (1949). 

Es la primera pintura, un ejercicio perfecto de surrealismo puro. Una escalera hacia el cielo (emblema de libertad para el autor) atraviesa, en escorzo, un lateral de la imagen, dando volumen y profundidad a la obra, a la vez que conecta el plano terrenal con el etéreo. Este último bien puede ser interpretado como lo divino, pero también como el deseo o la imaginación, pues es esta la única que nos permite atravesar lo imposible, salvándonos de permanecer “ladrando” impotentemente como hace el perro. Ignoramos si la impotencia del can (impulso vital instintivo) deviene de su empeño por atraer o ahuyentar a la luna, símbolo de los sueños, del misterio y de la atracción por todo aquello que no se posee. Y por eso sabemos que ese perro, aullando a la luz que brilla en la oscuridad, somos nosotros.

Como la noche y el día, y casi funcionando de manera especular, veintitrés años después aparece la segunda pintura. Por la composición de la obra, ya no estamos ante un ejemplo de puro surrealismo figurativo sino en la transición hacia un primer nivel de abstracción. Miró atomiza el mundo reduciendo la materia a sus partes constitutivas esenciales, permitiendo que los espacios en blanco sean el lugar para que trabaje el subconsciente del espectador completando y haciendo suya la obra. En esta, can y humano no sienten atracción por el sol -que es vida, energía, luz y calor-, sino una sensación de admiración y pequeñez ante el mismo. Esta metáfora de la condición humana abre un espacio al rol del perro como eterno ser leal que nos acompaña haciendo nuestra existencia más liviana, y como un espejo, a su vez, de nuestra propia exigüidad. Porque este perro que mira a la luz que ilumina la claridad, también somos nosotros.

¿Podría una persona de seis años hacer un Perro ladrando a la luna y un Perro frente al sol como estos? Probablemente no. La economía de trazos de Miró no es un simple juego de infantes, es un ejercicio de contención que permite que sus obras ni muestren, ni expliquen: simplemente evoquen. Y es ese evocar, el que acaba por mover y conmover a quien se pone delante de sus “perros”, convirtiéndolos en dos obras de arte extraordinario. Ahora bien, si os encontráis con un menor que sea capaz de producir con su arte una sensación semejante a la que nos brinda Miró, no dudéis en apuntarlo a una academia de pintura.

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