Triple eclipse total de corazones (II)

Pararse a observar el mundo

Sentados junto al mar, en lo alto de una montaña, en una llanura cuyo horizonte apenas vislumbramos o incluso ante el televisor; el pasado 12 de agosto pudimos ver cómo la luna, en plena tarde, hacía desaparecer al sol. El proceso, como un cortejo de dos adolescentes con prisas o dos personas que se encuentran por casualidad y se prometen mutuamente llamarse algún día (y no lo harán), duró apenas un minuto (“lo bueno, si breve, dos veces bueno”). No es nuestra intención hacer aquí una reflexión metafísica de la relevancia o insignificancia que puede tener un minuto en la vida de un ser vivo. Tampoco la de comparar existencialmente nuestro tiempo al que puede disfrutar un ejemplar de Dolania americana -a veces solo cinco minutos de vida-; o de fantasear por lo afortunados que somos al haber vivido una experiencia cósmica que algunos han apodado eufóricamente como mística, trascendental o milagrosa. Lo que queremos es hacernos conscientes de algo que no suele suceder: que, por fin, muchos seres humanos hemos dedicado por lo menos un minuto a observar el mundo.

Dejar fuera, separar, abandonar, esconder. Esta es la etimología griega del vocablo “eclipse”. En el del pasado 12 de agosto, la luna nos impidió ver el sol, pero, al tiempo, este nos mostró los contornos de aquella, iluminándolos. A veces, esa luna son nuestras preocupaciones, los hábitos aprendidos o la presión social, que eclipsan el sol que somos. La dictadura del individualismo, el culto al “ombliguismo” o el miedo a no ser nadie, nos convierte en lunas para otros, impidiéndoles brillar. Además, están las prisas, los automatismos y los deberes que nos imponemos, que nos dificultan ver el mundo hasta el punto de olvidarnos de su existencia. Somos la única especie que vivimos a pesar del universo: la única que pretende eclipsarlo todo a la vez que se deja eclipsar.

Observar la naturaleza, estar presentes en el momento que vivimos guiándonos por impresiones y afectos inmediatos: experimentar la temporalidad sensorial. Conectar con los demás, con lo que hacemos y sentimos, con nosotros mismos: redefinirnos en nuevas relaciones situadas. Dejar de reelaborar el pasado, de proyectar el futuro, maravillarnos con el presente: habitar el mundo y dejar que este nos habite. Aunque solo sea un minuto; aunque no haya ningún eclipse cósmico. Esto es lo que hacen los animales no humanos; esos que, con su presentismo, afecto y respeto, nunca eclipsan nuestros corazones.

Por eso, ya sea que estemos sentados junto al mar, en lo alto de una montaña, en una llanura cuyo horizonte apenas vislumbramos o incluso ante el televisor; sepamos que en nuestra mano está ese algo tan místico, trascendental o milagroso, como es el detenernos, por lo menos un minuto, a observar el mundo.

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