La necesidad de ser cuidados

Hay un perro -perdido, solitario o abandonado- en el bosque que linda con la ciudad. También hay un anciano -solitario, abandonado o perdido- en una casa que linda con ese bosque. Entre ambos, es claro, media un límite. Media esa línea real o imaginaria que divide dos realidades, el extremo que pueden alcanzar lo físico o lo anímico y hasta el término o fin al que podemos llegar. Frontera, abismo, confín, margen, alcance, umbral. Sustantivos todos que usamos para separar lo que, en ocasiones, necesita ser unido.
Hueso, de Michele Serra (1954), es uno de esos textos que, naciendo con la pretensión de ser un “sencillo” cuento infantil (nunca lo son), acaba por desbordar sus propios límites, engulléndolos hasta cancelarlos, para ofrecernos un nuevo espacio reflexivo donde grandes y pequeños tenemos mucho que compartir. Tacto, sensibilidad, oniria. Un intento de reconexión intergeneracional e interespecie; y una vía alternativa de aproximación hacia la naturaleza -en su sentido más original-. Un sueño que retrotrae, explicando, la alianza originaria entre lobos y seres humanos, y su transformación a lo largo del tiempo; y una historia que encarna, acariciándola, la herida que provocan la soledad, el abandono y la pérdida. Esto es Hueso, una fábula “sin edad” para recorrer, paladear y disfrutar más allá de los límites. Porque es allí, en uno de esos lugares comunes a todos los seres vivos cuyas fronteras han sido diluidas, donde encontramos un algo que nos une a todos: la necesidad inherente de cuidar y ser cuidados.

Hubo un perro y un anciano que, perdidos, abandonados o solitarios, se atrevieron a cruzar el linde que separaba el bosque de la ciudad, para encontrarse en una caricia. Esta historia no es ni el sueño del uno ni un cuento del otro. El perro se llamaba Hueso y el anciano Michele. Ninguno de los dos volvió a estar solo. Ambos satisficieron la necesidad del otro de ser cuidados.


