El silencio cómplice

Reconozcámoslo. Si hay algo que nos encanta de perros, gatos y animales en general –a excepción de cuando están enfermos– es su incapacidad de hablar. Nos gusta porque el silencio que les caracteriza nos acompaña sin molestar, nos ayuda a concentrarnos y equilibrarnos por mímesis, y nos alivia de ser juzgados por algunas de las conductas que, sin embargo, recriminamos a otros. Pero, admitámoslo también, más de uno se ha cuestionado qué pensarán, jugado alguna vez a ponerle voz e imaginado qué dirán de nosotros. Antes de que naciesen los live-action (la Mula Francis fue el primer referente en 1942) y los dibujos animados doblados (Félix el gato fue el precursor en 1919); ese papel ya lo tenía la Literatura. Para muestra, el Tobermory de Saki.
En el cuento publicado en 1911, Hector Hugh Munro –más conocido como Saki (1870-1916)– narra la presentación en sociedad del nuevo experimento de Cornelius Appin. El inventor excéntrico ha conseguido hacer hablar con fluidez a Tobermory, el gato de la mansión de Lady Blemley, para la sorpresa de los invitados. No tarda el minino, sin embargo, en desconcertar a todos y cada uno de ellos, revelando relaciones personales prohibidas, imposturas hipócritas y dimes y diretes varios. El gato, increíblemente locuaz y con la dejadez que corresponde a la alta alcurnia –a la de la nobleza eduardiana de Lady Blemley y a la característica de todo felino–, condensa la crítica, el humor negro y la ironía propias de los textos de Saki:

-¿Por qué no vas a ver si la cocinera ya tiene lista tu cena?- sugirió Lady Blemley precipitadamente, fingiendo ignorar que quedaban al menos dos horas para la cena de Tobermory.
-Gracias -dijo este-, pero acabo de tomar el té y no quiero morir de indigestión.
-Ya sabes que los gatos tienen siete vidas- dijo jovialmente sir Wilfrid.
-Es posible -respondió Tobermory-, pero solo un hígado.
El final del cuento –doblemente imprevisible como el propio gato– revela la vanidad y fragilidad de las relaciones sociales, así como el propio carácter de los seres humanos que prefieren juzgar las conductas ajenas, mientras mantienen las propias en silencio. Porque, reconozcámoslo, si hay algo que nos encanta de perros, gatos y animales en general –a excepción de cuando están enfermos– es su incapacidad de hablar. Su silencio es cómplice de nuestros secretos.


