El amor no duele

Gato de pelo largo y claro con lazo rojo en el cuello, oliendo una rosa amarilla mientras saca la lengua ligeramente, sobre fondo neutro.

Catarsis y toxicidad

Hay rosas por todas partes. En ramos, con espinas, solitarias o en bouquet. Son rojas como la sangre sacrificial que vertió Venus para salvar a Adonis por amor. Rojas como el corazón que desangra con una flecha -atravesándolo- el pequeño Valentín alado. Porque el amor duele. El amor es sufrimiento, abnegación, ofrenda. El amor es vaciarse en el otro para llenarle. Entrega, dedicación, satisfacción ajena. El amor -así nos lo han enseñado- es como una cárcel llena de rosas con demasiadas espinas. Sobre todo, el 14 de febrero.

Este día, desde el año 496, es oficialmente el día de los enamorados. Lo es porque el Papa Gelasio I decidió que esta sería una fecha propicia para venerar a San Valentín de Roma; un sacerdote romano que perdió la cabeza -literalmente- en el 270 por haber desafiado al emperador Claudio II casando en secreto a soldados enamorados. Esto dice la leyenda más “romántica”; pero otras señalan que el emperador perdió la cabeza -metafóricamente- debido a la cantidad de conversiones que Valentín estaba logrando entre sus soldados. Sea como fuere, en el fondo, lo que el tal Papa Gelasio I pretendía no era, sino que reconvertir las antiguas tradiciones paganas -en concreto las Lupercalias- en festejos cristianos de amor y martirio. Sí, martirio.

En el antiguo Imperio romano, el 15 de febrero se celebraban las Lupercalias. Eran estas unas fiestas en la que los hombres jóvenes perseguían a las mujeres azotándolas para hacerlas más proclives a tener descendencia. Lo hacían con las pieles de una cabra y un perro -previamente sacrificados en honor a Fauno (dios protector de los rebaños) y a la loba Capitolina-, cuya sangre, a modo de ungüento guerrero, se esparcía por las varoniles frentes de los adolescentes “cazadores”. Simbolizaba la cabra esa fertilidad esperada en la mujer-presa; mientras el perro, concebido como un receptáculo de miasmas debido a su dieta carroñera, representaba la catarsis. Matar al perro y usar su sangre y pieles en el ceremonial rito implicaba reabsorber las impurezas y expulsar los males que pudiesen tener los muchachos para así, purificados en su totalidad, poder comenzar una historia de amor a golpes con las mujeres. La catarsis, vista así, se vuelve tóxica. Porque en la antigua Roma, el amor (también) dolía.

El amor es el sentimiento universal sobre el que más se ha escrito y, sin embargo, nadie puede ofrecer una definición unívoca. Y es que cada persona lo experimenta a su manera influido por el bagaje religioso y educativo, y por los clichés culturales extendidos por los mass media, redes sociales y aplicaciones varias. El miedo a la soledad, el imperativo de una reciprocidad que nos complete y la “natural” unión en pareja, pueden desviar nuestro foco de atención, desatendiendo lo más importante: nuestros auténticos sentimientos. Mirar hacia adentro conectando con eso que hay en nosotros mismos puede ser la gran catarsis que necesitamos para empezar a poder amar de verdad. De lo contrario, las relaciones que tengamos serán tan tóxicas e inútiles como ese perro sacrificado en las Lupercalias. Y, además, dolerán. Y el verdadero amor, nunca duele.

Este 14 de febrero te invitamos a que tengas una cita contigo -con o sin rosas rojas- para celebrar el amor más importante: el propio. Será el principio de una fiesta del amor que te ayudará a vivir el resto de tu vida amando mejor -sin dolor- a quien tú quieras.

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