Pararse a mirar en la Era de la prisa
Cada mañana, con el simple abrir de los ojos, se instala en nosotros un piloto automático que nos impulsa a levantarnos de la cama, asearnos, vestirnos, hacer café e ir al trabajo. Ese que nos guía hasta la escuela de nuestros hijos, el que establece la homogénea ruta dónde nuestros perros marcarán otra “muesca” en el mismo árbol y el que nos hace ingerir alimentos -sin degustarlos- para sobrevivir. Un piloto automático que siempre lleva prisa porque teme perder el control al que ya -sin saberlo- nos hemos entregado. Por eso nos refugiamos en el móvil; porque creemos que, bajo la destreza de nuestro pulgar, viendo sin mirar, controlamos un mundo entero (aunque nos estemos entregando al algoritmo).
Y es que no es lo mismo ver que mirar. Es lo primero un registro pasivo de estímulos que hacemos automáticamente, sin intención. Para mirar, sin embargo, se necesita una curiosidad enfocada y activa que penetre lo observado, que saque a la luz una información que permanecía oculta, que haga brotar -al modo aristotélico- la esencia de lo mirado. Como una buena fotografía. Como las fotografías de Cristina García Rodero (1949).
Cada mañana, cuando Cristina abre los ojos y sale al mundo, deja de ver para mirar. Lo hace con su intuición, con el objetivo de su cámara y con la diplopía causada por la enfermedad de Graves-Basedow que sufre, para capturar -en su blanco y negro analógico- el misterio y las sensaciones insertas en la cultura, y su espiritualidad. Porque Cristina no estampa momentos ocultos en paisajes y celebraciones: muestra la plasticidad emocional que se vive en ellas. Tampoco documenta simplemente costumbres ancestrales de la olvidada España rural, sino que, al modo de Heidegger (1889-1976), revela lo esencial al hacerse cargo del presente. Pero, sobre todo, Cristina no retrata personas, perros y demás seres vivos. Lo que Cristina hace con su doble visión es resolver esa “diplopía ontológica” que planteaba Merleau-Ponty (1908-1961). Esa en la que lo que aparece se funde con su profundidad invisible, revelando que la mirada es la apertura corporal del ser que aprende aprehendiendo.





Si, al despertar la próxima mañana, somos capaces de desconectar el piloto automático que -con prisa- nos guía, y tomamos el verdadero control -el que está delante de nosotros y no más allá de la pantalla de un móvil-; podremos dejar de ver para mirar. Si tenemos la oportunidad de visitar una exposición de Cristina García Rodero o dejarnos cautivar por alguna de sus imágenes seguro que, además, aprenderemos a fundirnos con lo observado. Y eso trasciende el ver y el mirar: eso ya es el regalo de contemplar.


