Monet camino de Monet

El perro que quería ser impresionista

Andaba Claude Monet por los veintitantos, cuando empezó a trabajar con la modelo Camille Doncieux, que pronto se convertiría en la madre de su hijo Jean y en su mujer. En aquellos tiempos, el autor era un enamorado de la pintura de Manet, con quien pronto empezaría una relación mucho más cercana. La influencia de Manet en ese momento de transición se verá de forma especialmente clara en los retratos de Camille. Por ejemplo, Camille con vestido verde (1866), con su fondo negro y sus paños de colores oscuros, no sólo remite a su maestro francés, sino al propio Velázquez, que inspira la obra de aquel. En la misma estética, Camille con el perrito, presenta una imagen de bella factura, sensible, precisa y tierna, que toma los recursos de Manet, pero se entretiene algo más en el detalle, que parece ya demandar cada vez más luz.  En él, Camille, aparece serena, ensimismada, con la mirada perdida en un punto fuera del cuadro, que revela un indefinible estado de ánimo. La misma serenidad se encuentra en la mirada del precioso perrito que aparece en primer término, sobre su regazo. Si bien el punto fijo al que mira Camille nos resulta desconocido, somos nosotros mismos el centro hacia el que mira el perrito, estableciendo con ello un ángulo recto de miradas de lo más sugerente. Pero hay algo más. Una tensión estética inunda el cuadro, generando una poderosa bipolaridad, que habla del momento de transición que vive el artista. Mientras que la figura de Camille se mueve en unos parámetros estéticos que apuntan al pasado pictórico clásico, la figura del perro, con una pincelada nerviosa, llena de deshacimientos cromáticos en escalas de blancos, grises y ocres, habla ya del mundo del incipiente impresionismo, movimiento en el que el autor iba a reinar tan sólo unos años después.

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