Un perro que nos civilice

La esperanza canina de Magritte

René Magritte amaba a los perros. Cuentan que en el único viaje que hizo a los Estados Unidos, ya en 1965, su gran preocupación era saber si su perro sería admitido en el avión o si los hoteles de Norteamérica aceptarían perros o no. Él y su mujer Georgette siempre compartieron su vida con deliciosos peludos, y no hay más que ver las fotos para saber que fueron unos animales muy muy mimados.

Es fácil deducir que, para el célebre maestro belga del Surrealismo, los perros representaban una forma superior de existencia, frente a la estúpida estirpe humana, que sólo en vida del autor, protagonizaría dos encarnizados conflictos mundiales.

Sería precisamente en plena Segunda Guerra Mundial, cuando llevaría a cabo su retrato “El Civilizador” (1944), en el que retrata a su perro Jackie, investido de un halo de sabiduría, reforzado por una arquitectura clásica, que le concede al animal una serenidad profundamente filosófica. Al fondo se intuye una costa y un camino sale desde el edificio, sinuoso, hacia la derecha de la imagen, cargando al conjunto del misterio propio de una carta del Tarot. El perro llega a conceder un nuevo concepto de civilización a un paisaje deshabitado y desolado por el monstruoso ser humano. En su seráfica mirada, descansa la esperanza y la utopía.

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