Evitación e indefensión en Solomon

Primer plano de la pata de un elefante encadenada, imagen simbólica utilizada para representar el concepto de indefensión aprendida.

Electrificando la moralidad en nombre del Progreso

Retrato ovalado del economista y político francés Anne Robert Jacques Turgot, con peluca blanca y vestimenta del siglo XVIII, sobre fondo oscuro.

 El 11 de diciembre de 1750, en la universidad de la Sorbona, Anne Robert Jacques Turgot (1727-1781) pronunció un discurso que, literalmente, cambiaría el sentido de la Historia. Si hasta aquel momento –y estableciendo un paralelismo con los organismos vivos- las épocas, imperios y sucesos respondían a una temporalidad cíclica de nacimiento, crecimiento, crisis y muerte; a partir de las palabras del Ilustrado francés, la historia pasó a concebirse como un proceso acumulativo, lineal e irreversible en el que la humanidad tiende inevitablemente hacia la perfección. Dicha concepción se resume en el vocablo “Progreso”; clave de bóveda para interpretar la irrupción del liberalismo económico y entender un mundo en el que la razón (privada de toda superstición, pero también de emoción), la ciencia (basada en una observación y experimentación que anula la reflexión filosófica) y la moral (propensa a la virtud pública), se cimentan en una libertad individual cuyo único límite es el pacto con el propio Progreso.

Doscientos años después, en la universidad de Harvard, Richard Solomon (1918-1995), aprovechó este paradigma racional y su consecuente libertad individual para experimentar, observar y avanzar en el estudio de las conductas de evitación e indefensión. Para ello creó su shuttlebox, una caja cerrada con dos compartimentos separados por una pequeña barrera y una rejilla electrificada por suelo en la que realizaba su investigación en tres fases y con tres grupos de perros. En la primera fase (preexposición inescapable), un grupo de canes sujetos con arneses (los llamados yoked[i]) recibían descargas eléctricas inevitables. En la segunda (preexposición escapable), esos mismos perros y un segundo grupo podían aprender a saltar a la otra parte de la caja pues, antes de la descarga, se mostraba un estímulo auditivo. En la tercera fase (la prueba de evitación) se introducía un grupo control, es decir, no pre expuesto y, de nuevo, se aplicaba el método estímulo-descarga. Las conclusiones a las que llegó Solomon son tan obvias (un ser vivo que pueda evitar una situación que dañará su integridad, lo hará; mientras que el que haya aprendido que no tiene opciones caerá en un estado de indefensión), que únicamente nos conducen a más preguntas. ¿Fue realmente necesario aplicar cientos de descargas a decenas de perros solo para comprobar un comportamiento observable naturalmente? ¿Sirvieron estos experimentos -y otros como los de Edward Taub, Pfizer, Harry Harlow, Margaret Livingston, Elisabeth Murray, Martin Seligman y un largo etcétera- para acumular más saber en aras del omnipotente Progreso? ¿Es aún válido este paradigma? Y, de no ser así, ¿por qué a día de hoy seguimos experimentando con animales? ¿Por qué seguimos creando criaturas indefensas? ¿Por qué evitamos plantarnos ante el Progreso con más emociones frente a la razón y más filosofía frente a cierto tipo de experimentos científicos?

Hace 275 años, en su discurso de 1750, Turgot señalaba que el avance moral se mide por la disminución de la barbarie y el aumento de la humanidad; es decir, por el respeto y la tolerancia. Tenemos la opción de, como Solomon, seguir electrificando nuestra moralidad. También la de crear un nuevo paradigma de Progreso que incluya a todos los seres sintientes y ecosistemas que nos rodean. 


[i] Hace referencia a los sujetos que, en un experimento, no tienen ningún tipo de control sobre la situación.

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