Tiempo de resignificar

Zorro rojo visto de perfil sobre fondo blanco, con el pelaje esponjoso y mirada atenta hacia la izquierda.

Hacer estallar el diccionario

De gatas, perras, lobas y zorras. Así nos ha tratado la sociedad: haciendo estallar el diccionario para convertir estos hermosos vocablos en juiciosos calificativos que ponen en entredicho nuestra libertad de ser, de elegir y de estar. Alimentando un sistema desigual donde las hembras contamos menos, cobramos menos y se nos pide más, mientras se nos sigue reduciendo a un estereotipo de seres inferiores necesitados de protección. Reproduciendo, sin ningún tipo de reflexión, un código de doble moralidad en el que el macho-hombre domina y la hembra-mujer ha de ser pasiva, modosa, honrosa y cordial. No ser una gata, perra, loba o zorra, es lo que “debe” ser. Lo contrario supone un ataque al orden establecido, a lo correcto, a lo que “tiene” que ser.

Afirma Wittgenstein (1889-1951) que el significado de una palabra es su uso en el lenguaje; lo que equivale a decir que lo que hagamos como sociedad con el lenguaje define lo que somos. Pero si la sociedad, como afirma Durkheim (1858-1917), es una realidad supraindividual con formas de actuar, pensar y sentir externas al individuo, dotada de poder coercitivo y existente de manera independiente como fenómeno colectivo; entonces estaremos atrapados en los significados de los vocablos a menos que los resignifiquemos como nuevas entidades. Si emprendemos este camino, una gata no será simplemente el arquetipo del ser encandilador, hipócrita o falso; sino que puede convertirse en una suerte de Diosa -como la egipcia Bastet- evocadora de fertilidad y sensualidad. De la misma forma, ser perra podrá dejar de significar ser una mujer mala o despreciable, o el retrato de la fidelidad obtusa de la que ha de aguantar carros y carretas mirando hacia otro lugar. Ser perra podrá expresarse en la construcción de una fidelidad hacia nuestras propias creencias, principios y afinidades. Sernos leales. Ser lobas -también-, en vez de significar “depredadoras sexuales”, “devoradoras de hombres” y mitos similares; se entenderá como mujeres que rigen, disponen y deciden sobre voluntades, deseos y necesidades de sus propios cuerpos. Y -finalmente- ser zorra rebasará el límite absurdo del constructo de ser “busconas”, para significar esa liminalidad que existe entre lo salvaje y lo domesticado: entre lo que puede y lo que tiene que ser.

Resignifiquemos el lenguaje, produzcamos un vocabulario más equitativo -una sola moral-, creemos un sistema igualitario donde machos y hembras cuenten lo mismo, cobren los mismos salarios y se les exija de idéntica forma. Hagamos un mundo donde no haya que proteger a nadie porque todas seremos iguales. Hagamos estallar el diccionario en mil pedazos para que ser gata, perra, loba o zorra -vaya en nuestro ADN o no- no sea un estigma social.

De gatas, perras, lobas y zorras nos ha tratado la sociedad; pero es tiempo de resignificar: bufemos, gruñamos, aullemos, gañamos. Somos animales: nosotras (con y sin vosotros).

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