Erde Sonne[1], perra y gato de Nicolás Copérnico

«Finalmente colocaremos al Sol mismo en el centro del Universo.»

Reflexionado acerca de mis últimas observaciones, he llegado a unas conclusiones que ahora se convierten en premisas de una nueva teoría. La respuesta tan ansiada a cómo se mueve el cosmos, sin embargo, no la encontré vislumbrando el cielo, sino más bien en atenta atención al felino y a la perra con quienes comparto espacio vital. Sin duda ambos, con su manera de hacer, me han mostrado lo equivocado que está el modelo ptolemaico imperante, así como los errores en los que yo mismo he incurrido.

El primero de estos fallos fue el de, asumiendo el caduco modelo de Ptolomeo, dar nombre a los cuadrúpedos por similitud a esta cosmovisión, validándola en última instancia. Así, viendo que cuando rescaté a la perra, esta se convirtió en el centro de mi universo; que me veía dando vueltas a su alrededor atendiendo a sus necesidades de alimentación, salud e higiene; y que, perezosa y caprichosa, tenía que convencerla para pasear, porque si por ella fuese, se quedaría tumbada, inmóvil, todo el tiempo; creí que el nombre Erde, le cuadraba a la perfección. Lo mismo me ocurrió con el gato callejero que iba y venía. Joven, curioso y enérgico, siempre en movimiento, solía llamar la atención de la perra girando en torno a ella, tratando de convencerla para jugar. Cuando se aburría, salía por la ventana y deambulaba en círculos por el barrio. Su energía parecía infinita. Llamarlo Sonne me parecía un guiño perfecto al incansable sol que, según las observaciones del astrónomo egipcio, gira en torno a la tierra.

Ahí estuvo mi segundo error: el no observar los fenómenos como tal e intentarlos relacionar con la teoría en vigor. En ver solo una parte del todo. En no experimentar. Porque desde que me llevo a Erde al parque, ha cambiado mi perspectiva hasta comprender que la Tierra no puede ser un cuerpo inmóvil. Esta tiene que ser una esfera que gira sobre su propio eje como lo hace la perra cuando, inútilmente, intenta atrapar su cola; se traslada en movimientos circulares como cuando Erde intenta pastorear a los demás perros del parque; y se inclina hacia un lado como la cojera congénita que caracteriza a la perra. Por su parte, desde que Sonne ha crecido y ha dejado de callejear para quedarse con nosotros dentro de casa, he comprendido que el Sol tiene que ser el auténtico centro del cosmos. El gato sigue trasmitiendo una energía que le es constitutiva, suele estar estático en lo alto de la estantería, y ahora me paso el tiempo alrededor de él alimentándolo, quitándole los pelos y limpiando sus restos.

No sé si el modelo heliocéntrico que propongo puede acabar con las vetustas ideas ptolemaicas, conllevando una revolución en el pensamiento y en el estado de las cosas; pero sí sé que es un reflejo de la vida en el interior de esta nuestra casa. Porque -y tal vez sea este mi principal error- he dejado que Sonne se convierta motu proprio en el centro de este universo.


[1] En alemán, tierra y sol. Aunque en la lengua germana ambos son sustantivos femeninos, en referencia a los animales, mantendremos el género de la traducción española.

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