Cayenne y Roland, perra y perro de Donna Haraway

«Nada viene sin su mundo»

«Donna ha salido al jardín para echarme una pata con Roland[1]. Está nervioso desde que llegó y es normal: adaptarte a una nueva familia cuando ya tienes dos años, no es fácil. Suerte que Donna y Rusten saben cómo comunicarse con nosotros».

«Perros y humanos no somos entidades separadas pues tenemos una larga historia compartida. Llevamos desde el Paleolítico superior, nada menos que 16 mil años, conviviendo, coevolucionado cultural y biológicamente, enseñándonos mutuamente qué es la vida. Pena que muchos bípedos se nieguen a aprender».

«Para Donna, el lenguaje no es un simple sistema abstracto de signos. Ella se comunica con nosotros con el cuerpo, con la respiración, con la intención: con los afectos».

«La comunicación entre perros y humanos no es el intento de traducir dos códigos cerrados, sino una práctica relacional donde ambos nos transformamos mutuamente. Se trata de hacer, no de decir. No de “ser” alguien, sino de llegar a ser juntos»

«Estoy convencida de que Roland pronto entenderá que este es un lugar seguro. Un lugar en el que podrá establecer relaciones sanas no solo conmigo, sino también con las otras especies de humanos y gatos que cohabitan por aquí, sin dejar de ser él mismo».

«Las relaciones auténticas se construyen desde las diferencias que nos hacen únicos como especie, no desde la fusión; pues sin diferencia, no hay encuentro, hay absorción. Por eso, aprender a estar con el otro no significa borrar esa diferencia, sino habitarla. Se trata de un aprendizaje encarnado, visceral; no intelectual».

«Nadie debería dejar de ser sí mismo. Eso que nos hace únicos, como individuos y como especie, es la marca idiosincrática de quienes somos, abriendo la posibilidad a relacionarnos de manera genuina».

«Los seres no preexistimos a nuestras relaciones. Por ello, es nuestro deber moral cuidarnos recíprocamente y en la medida en que unos y otros podamos. Disciplina, esfuerzo, apertura al otro sin caer en la otredad, y la humilde y necesaria transparencia para mostrar nuestra vulnerabilidad, deben ser las bases sobre las que edificar una nueva ética universal para con todas las especies».

«Roland parece más calmado. Donna se ha dejado afectar por él, respondiendo desde esa misma afectación. Después, sin emitir esos sonidos guturales que suelen salir de los extraños hocicos de los humanos, se ha tumbado en la hierba junto al can. Roland no ha tardado ni dos lengüetazos en buscar cobijo junto a su serenidad. Puedo percibir su hermosa vulnerabilidad. También la de Roland».


[1] Roland fue un can, mezcla de pastor-australiano con chow-chow, heredado por Haraway y su pareja Rusten cuando tenía unos dos años.

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