El Bosco y los gatos

 

¿Por qué son tan escasos los gatos en las obras de El Bosco?

A diferencia de los perros, los gatos no son demasiado numerosos en la pintura de Hyeronimus Bosch (El Bosco). Ello resulta realmente sorprendente por cuanto el bestiario recogido en sus cuadros – tanto el real como el imaginario – supera con creces el de buena parte de los pintores de su época. No resulta sencillo explicar esta circunstancia, por cuanto obras como “El vendedor ambulante”, “La muerte de un avaro”, “El carro de heno” o “Los pecados capitales” habrían parecido lugares especialmente adecuados para su representación. Y, sin embargo, el gato resulta el gran ausente en un mundo en el que roedores, batracios, cerdos o perros son parte decisiva del paisaje. Aparte del temible animal con vago aspecto de felino que amenaza abriendo sus fauces, en la parte inferior izquierda de “Las tentaciones de San Antonio Abad”, que algunos autores identifican con un gato, será “Jardín de delicias”, el sitio donde los gatos aparezcan de un modo más diáfano. Curiosamente, el ejemplar más claro aparecerá en la parte del Jardín del Edén (panel izquierdo). Ahí tenemos a un minino moteado, tratado con bastante naturalidad y con ninguna exageración, tras haber atrapado un animal que algunos especialistas reconocen como un lagarto y otros como una rata. En todo caso, el gato aparecería como un miembro del paraíso, que se dedica justamente a eliminar cualquier atisbo de desorden o impureza en ese lugar. Esta posición pro-gatuna no es precisamente la norma en la época de El Bosco.

Más inquietante es la representación felina en el desquiciado panel central del mismo tríptico: el dedicado al jardín de la lujuria. En el centro de la pieza, un desfile en círculo de hombres desnudos que cabalgan sobre distintos tipos de animales reales o imaginarios se mueve sin solución de continuidad y, entre ellos, distinguimos a un gato gris también moteado, que parece portar un cuerno largo y delgado en la frente, a modo de disparatado unicornio, y del que destacan sus contundentes genitales. Los redondos ojos negros del animal le hacen parecer una criatura ausente más, a pesar de que el resto del cuerpo resulta grácil y elegante. Detrás de él, marcha otro animal que algunos han identificado como un gato pardo, pero que más bien pareciera un león. La ruptura de la proporción hace que caballos, gatos, cerdos o camellos sean del mismo tamaño, lo que dificulta la identificación. La aparición de ese gato o gatos en esa rueda parece tener que ver con la necesidad del autor de ubicar a los hombres desnudos, y desatados, a lomos de los mamíferos reales o imaginarios machos (con sus genitales desproporcionados), que componen su cotidianidad, rodeando un estanque en forma de vulva, lleno de hembras, de distintas razas, que parecen esperar a los que desfilan.

En todo caso, cabe especular sobre el sentir de El Bosco respecto de los gatos y da la sensación de que, en su escasa y cuidada representación, este autor prefiere no desgastar demasiado la imagen de un animal del que tiene un formidable concepto. Ese gato del Edén escondería el mensaje definitivo del autor sobre el gato como animal y ayuda doméstica, que, merecedor del cielo, ha de quedar en su pintura en un puesto de privilegio.