«La belleza de las cosas existe en el espíritu de quién las contempla»
«Es obvio que Baruch y Gottfried[1] estaban errados doblemente cuando afirmaban que los animales son inferiores a nosotros porque su forma de conocer, al contrario de la nuestra, no proviene de ideas innatas y de la comprensión racional de la única sustancia. Dada la experiencia, no existe una certeza absoluta que demuestre la existencia de un Hacedor que nos inyecte “ideas”; pero, más allá, la simple concepción de ese innatismo se torna banal, sea que la apliquemos a humanos, sea que al resto de los animales. Quede dicho que esta última afirmación no es resultado de deducción alguna -método falible y parcialmente útil- sino fruto del análisis de mis percepciones. Y es que basta observar a Habit, el perro que deambula por la zona, para entender que todos somos animales de costumbres. Comprendo que esta afirmación no gustará ni a los eruditos citados previamente, ni al mismísimo René[2]; pero esas teorías que conciben a los animales como simples máquinas no solo están anticuadas, sino también, erradas.
Decía: Movido por sus instintos, al principio, Habit buscaba comida constantemente. Con el paso del tiempo, y viendo que tanto el carnicero como el panadero le ofrecían sustento en horas puntuales; Habit comenzó a pasar únicamente dos veces al día por el lugar, permitiéndose descansar el resto de la jornada. Negarle al can su capacidad de razonamiento basada en la experiencia, sería como negarnos que una criatura solo aprende cuál es el efecto del fuego una vez que ha sentido en su piel la abrasadora sensación. Por supuesto, no retengo que Habit haga uso de una razón demostrativa: el perro no es capaz de comparar y elaborar ideas, pero sí es poseedor de una mente y de un paquete de sensaciones que lo convierten en un ser perceptivo. Y en esto, no se diferencia de los humanos.
Los humanos también conocemos a partir de la experiencia sensible. Esta genera, en nuestra mente, impresiones e ideas. Son las primeras más vivas, fuertes e inmediatas, y son provocadas por las sensaciones. Las segundas, copias debilitadas de las primeras, aparecen en la memoria o en la imaginación, siendo el material con el que construimos, por asociación, los razonamientos complejos. Que Habit perciba impresiones como el dolor, el hambre o el miedo, además de aquellas derivadas de los estímulos sensoriales, es algo que ni el mayor de los racionalistas puede seguir negando. Que sea capaz de generar ideas como que recibirá una víscera o un pedazo de pan, si va a visitar al carnicero o al panadero, es algo que ha aprendido por costumbre. En cuanto a las ideas abstractas, sin embargo, dudo que ni Habit, ni ningún otro animal -incluyo aquí a muchos humanos- sean capaces de desarrollarlas. Pero tampoco les hace falta. Vivir ignorando que no podemos conocer la realidad ni los objetos externos que la componen, sino únicamente nuestras percepciones de ellos; no es muy diferente que vivir sabiéndolo.
Me asomo a la ventana y veo a Habit revolcándose en la hierba. Saca la lengua mientras su lomo se arquea contra el terruño, abriendo sus patas hacia el sol de mediodía. Seamos empíricos, ¿alguien puede ver ahí un artilugio mecánico? Lo que yo veo es un ser disfrutando de las impresiones que aprehende de este mundo».

[1] Refiere a Baruch Spinoza (1632-1677) y Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716)
[2] Refiere a René Descartes (1596-1650)

