La revolución escultural de Japón

«La observación atenta y consciente es el elemento que alimenta el árbol del conocimiento, la compasión y el amor». Esta hermosa frase del monje vietnamita Thích Nhất Hạnh (1926-2022) no solo es una magnífica lección de vida, sino que también podría definir la forma de trabajo del escultor japonés Fumio Asakura (1883-1964). Observación atenta porque, a falta de dinero con el que poder pagar a modelos a quienes retratar, deambulaba por las calles, como un auténtico flaneur, dibujando gatos. Observación consciente cuando, instalado en el barrio de Yanaka, empezó a convertir en esculturas a las docenas de gatos comunitarios que merodeaban por allí. Si como afirma Claude Monet (1840-1926), «es a fuerza de observación y reflexión que uno encuentra un camino», sin duda, el de Asakura es un camino de conocimiento, compasión y amor por los gatos.
Los hay de piedra, madera, yeso y bronce. Descansando, estirándose y cazando. Una camada sin madre, otra siendo amamantada, gatos que vigilan. Curiosos, agresivos, u otros incómodos por haber sido alzados del suelo por la mano humana. Gatos que, en su realismo -más contemplativo que expresionista-, rompen con la mirada idealizada y simbólica de la escultura japonesa premoderna, para inaugurar un patrón moderno híbrido, crítico y, a su vez, profundamente japonés que tiende puentes al arte occidental. Unos gatos que son más que una respuesta objetual fáctica: son convivencia perceptiva, reflexión cotidiana y captación del instante que se desvanece. Formas anatómicas profundamente estudiadas; gestualidades y tensiones musculares anotadas, dibujadas y modeladas; estados anímicos que se llegan a compartir. Porque los gatos de Asakura no son objetos decorativos, sino sujetos activos que pueblan calles como las de Yanaka, duermen entre las orquídeas de los jardines de su actual museo, o conforman una colonia dentro de su propio hogar. Y es que la pasión del “Rodin nipón” por los felinos es más que simple trabajo, expresión o arte: es convivencia respetuosa, sensible empatía y contención armónica. Una pasión que es resultado de esa nueva forma de observar el mundo, más directa, sensible, atenta y consciente: fenomenológica.









Fumio Asakura falleció sin haber podido consumar su proyecto de exponer cien esculturas de gatos. Los que han perdurado en el tiempo -esos sujetos creados como presencia, no como símbolo- son ahora el emblema de la mirada de su autor. Una mirada que sirvió de guía para la revolución escultural de Japón.


