Una expresión «festiva» exclusivamente humana

Fuegos artificiales dorados iluminando el cielo nocturno durante una celebración, con destellos brillantes y una nube de humo en la parte inferior de la explosión.
Fuegos artificiales dorados iluminando el cielo nocturno durante una celebración, con destellos brillantes y una nube de humo en la parte inferior de la explosión.

Mirarse al ombligo

Mirarse al ombligo

El pájaro herido que ha aparecido en tu terraza, no lo ha tirado del árbol -con un zarpazo- la gata del vecino, ni tampoco lo ha traído en ofrenda tu hermoso perro cazador. Estamos seguros de eso porque la primera está agazapada en el estante del armario, a oscuras, mientras que el segundo se ha refugiado, atemorizado, en su lugar seguro bajo el mueble de la cocina. Sin embargo -y aunque los efectos son diferentes-, el motivo por el que gata y perro han corrido a esconderse es el mismo que ha producido la herida -y posterior caída- del pájaro que ha aparecido en tu terraza.

Los efectos de la causa en la gata son la inmovilización, la ausencia de cualquier interacción con otros seres y una larga suspensión de necesidades básicas como beber, alimentarse o vaciar sus esfínteres. La gata, como en hibernación, se abandona a la pura supervivencia. Por su lado, en el perro, se imponen temblores, un jadeo y salivación excesivos, la posible pérdida del control de sus esfínteres -o su bloqueo- y, ulteriormente, taquicardias. El perro, impotente, lucha por huir: solo quiere sobrevivir. También el pájaro que, errático, ha perdido la referencia de su bandada, ha entrado en pánico y, modificando el patrón de su vuelo, ha terminado por colisionar con la cornisa de tu edificio, hasta caer, herido, en tu terraza. Los tres animales tienen miedo. Los tres han reaccionado a un tipo de expresión “festiva” exclusivamente humana: los petardos.

En la práctica, los petardos pertenecen a la misma familia cultural de la pólvora, la detonación y la destrucción. Ahora bien, desde un punto de vista simbólico, el ruido, el desorden y la ocupación del espacio público en los que se suelen hacer estallar, remiten a la lógica de la guerra, de la necesidad de dominio y de la alteración de las reglas de convivencia. Una sensación de poder que emerge, ancestralmente, con la manipulación del propio fuego (hace 1.5 millones de años aproximadamente) y que, en el petardo, se actualiza en una estetización de la explosión, transfigurando la violencia del conflicto en evento festivo. Pero esto, ni el pájaro, ni la gata, ni el perro lo saben. Los tres, y el resto de animales no humanos, desconocen que la fiesta puede conllevar un estruendo que ellos perciben como señal de alarma biológica. Los 18 músculos que mueven las orejas de los cánidos y los 32 de los felinos, les permiten escuchar más intensamente, en frecuencias más agudas (los perros el doble que los humanos, los gatos el cuádruple) y a distancias más lejanas (hasta 5 veces más lejos), produciendo los efectos señalados.

Si, según Sigmund Freud (1856-1939), la conquista del fuego está vinculada a la renuncia del control pulsional, cabe pensar que quien tira petardos busca liberar el impulso agresivo que lleva dentro, mientras quema dinero. Si esto es así, cabría preguntarse qué valor tiene una sociedad que regula la expresión de la violencia, hasta convertirla en rito, juego o celebración. Qué valor tienen unos individuos que, ocupando el espacio común, imponen su caprichoso dominio sobre los demás seres humanos y no humanos, desatendiendo las necesidades de los demás.

Este año, y como cada verano, celebraremos cientos de fiestas a lo largo de toda la geografía española. Podemos seguir lanzando petardos, mirarnos al ombligo y liberar la ira que, como pólvora, hemos guardado dentro; o escoger la alternativa de sacar de nuestro interior esa “pulsión” de amor que también atesoramos, para así evitar que el perro se tenga que refugiar bajo el mueble de la cocina, la gata se agazape en el estante del armario o un pájaro caiga herido en la terraza de nuestra casa.

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